En san José de Ares celebraremos a nuestro Patrono el uno de mayo, como viene siendo tradicional desde hace bastantes años.
jueves, 19 de marzo de 2009
miércoles, 18 de marzo de 2009
DISCURSO DEL PAPA A LOS OBISPOS DE CAMERÚN, HOY MIÉRCOLES



(Fotos, Radio Vaticano)
Claves para ser una Iglesia misionera
YAUNDÉ, miércoles, 18 marzo 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI en la mañana de este miércoles durante el encuentro que mantuvo con los obispo de Camerún en la Iglesia Cristo Rey de Tsinga, en Yaundé.
Señor cardenal,
queridos hermanos en el Episcopado:
Es una gran alegría para mí este encuentro con los pastores de la Iglesia católica en Camerún. Agradezco al presidente de vuestra Conferencia Episcopal, monseñor Simon-Victor Tonyé Bakot, arzobispo de Yaundé, las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Es la tercera vez que vuestro país acoge al Sucesor de Pedro y, como sabéis, el motivo de mi viaje es ante todo tener una ocasión para encontrarme con los pueblos del querido continente africano, y también para entregar a los presidentes de las conferencias episcopales el Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para África. Esta mañana, por medio de vosotros, quisiera saludar afectuosamente a todos los fieles encomendados a vuestros cuidados pastorales. Que la gracia y la paz del Señor Jesús sea con todos vosotros, con todas las familias de vuestro grande y hermoso País, con los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y cuantos están comprometidos con vosotros en el anuncio del Evangelio.
En este año dedicado a san Pablo, es particularmente oportuno recordar la necesidad urgente de anunciar el Evangelio a todos. Este mandato, que la Iglesia ha recibido de Cristo, sigue siendo una prioridad, porque todavía hay muchas personas aguardando el mensaje de esperanza y de amor que les permita "entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Rm 8,21). Con vosotros, pues, queridos Hermanos, también vuestras comunidades están llamadas a dar testimonio del Evangelio. El Concilio Vaticano II recordó con énfasis que "la actividad misionera dimana íntimamente de la naturaleza misma de la Iglesia" (Ad gentes, n. 6). Para guiar y alentar al Pueblo de Dios en esta tarea, los pastores, ante todo, deben ser ellos mismos predicadores de la fe para llevar a Cristo nuevos discípulos. Anunciar el Evangelio es propio del obispo, quien, como san Pablo, puede decir también: "El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!" (1 Co 9,16). Los fieles necesitan la palabra de su obispo, que es el catequista por excelencia, para confirmar y purificar su fe.
Para cumplir esta misión de evangelización y responder a los numerosos desafíos de la vida del mundo de hoy, es indispensable, más allá de las reuniones institucionales, en sí mismas necesarias, una profunda comunión que una a los pastores de la Iglesia entre sí. La calidad de los trabajos de vuestra Conferencia Episcopal, que reflejan la vida de la Iglesia y la sociedad en Camerún, os permiten buscar juntos respuestas a los múltiples retos que la Iglesia debe afrontar, ofreciendo directrices comunes mediante vuestras cartas pastorales para ayudar a los fieles en su vida eclesial y social. La honda conciencia de la dimensión colegial de vuestro ministerio os debe impulsar a realizar entre vosotros diversos gestos de hermandad sacramental, que van desde la acogida y estima mutua hasta las diferentes iniciativas de caridad y colaboración concreta (cf. Pastores gregis, n. 59). Una cooperación efectiva entre las diócesis, particularmente para una mejor distribución de los sacerdotes en vuestro país, favorecerá las relaciones de solidaridad fraterna con las Iglesias diocesanas más necesitadas, de modo que el anuncio del Evangelio no se resienta por la falta de ministros. Esta solidaridad apostólica ha de extenderse con generosidad a las necesidades de otras Iglesias particulares, especialmente de las de vuestro continente. Así se mostrará claramente que vuestras comunidades cristianas, a ejemplo de las que os han traído el mensaje del Evangelio, son también una Iglesia misionera.
Queridos hermanos en el episcopado, el obispo y sus sacerdotes están llamados a mantener estrechas relaciones de comunión, fundadas en su especial participación en el único sacerdocio de Cristo, aunque en grado diferente. También es de capital importancia una relación de calidad con los sacerdotes, que son vuestros principales e irrenunciables colaboradores. Al ver en su obispo un padre y un hermano que los ama, los escucha y conforta en las pruebas, que presta una atención especial a su bienestar humano y material, se verán alentados a hacerse cargo plenamente de su ministerio de manera digna y eficaz. El ejemplo y la palabra de su obispo es para ellos una valiosa ayuda para dar un espacio central en su ministerio a su vida espiritual y sacramental, animándoles a vivir y descubrir cada vez más profundamente que lo específico del pastor es ser ante todo una persona de oración, y que la vida espiritual y sacramental es una riqueza extraordinaria, que se nos da para nosotros mismos y para el bien del pueblo que se nos ha encomendado. Os invito, en fin, a poner una atención especial a la fidelidad de los sacerdotes y personas consagradas a los compromisos contraídos con su ordenación o entrada en la vida religiosa, para que perseveren en su vocación, con vistas a una mayor santidad de la Iglesia y la gloria de Dios. La autenticidad de su testimonio exige que no haya diferencia alguna entre lo que enseñan y lo que viven cotidianamente.
En vuestras diócesis, muchos jóvenes se presentan como candidatos al sacerdocio. Hemos de dar gracias al Señor por ello. Lo esencial es que se haga un discernimiento serio. Para eso, os animo, no obstante las dificultades organizativas en el plano pastoral que pudieran surgir, a dar prioridad a la selección y preparación de formadores y directores espirituales. Éstos han de tener un conocimiento personal y profundo de los candidatos al sacerdocio y ser capaces de asegurar una formación humana, espiritual y pastoral sólida, que haga de ellos hombres maduros y equilibrados, bien preparados para la vida sacerdotal. Vuestro constante apoyo fraterno ayudará a los formadores a desempeñar su tarea con amor por la Iglesia y su misión.
Desde los orígenes de la fe cristiana en Camerún, los religiosos y religiosas han dado una contribución fundamental a la vida de la Iglesia. Doy gracias a Dios con vosotros y me alegro del desarrollo de la vida consagrada entre los hijos e hijas de vuestro país, que ha permitido también manifestar los carismas propios de África en las comunidades nacidas en vuestro país. En efecto, la profesión de los consejos evangélicos es como "un signo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a realizar con decisión las tareas de su vocación cristiana" (Lumen gentium, 44).
En vuestro ministerio de anunciar el Evangelio os ayudan también otros agentes de pastoral, especialmente los catequistas. En la evangelización de vuestro país han tenido y desempeñan todavía un papel determinante. Les agradezco su generosidad y fidelidad en el servicio a la Iglesia. Por medio de ellos se lleva a cabo una auténtica enculturación de la fe. Por tanto, su formación humana, espiritual y doctrinal es esencial. El apoyo material, moral y espiritual que los pastores les ofrecen para cumplir su misión en buenas condiciones de vida y de trabajo, es también para ellos una expresión del reconocimiento por parte de la Iglesia de la importancia de su compromiso en el anuncio y el desarrollo de la fe.
Entre los muchos retos que encontráis en vuestra responsabilidad como pastores, os preocupa particularmente la situación de la familia. Las dificultades, debidas de manera especial al impacto de la modernidad y la secularización en la sociedad tradicional, os impulsan a preservar con determinación los valores fundamentales de la familia africana, haciendo de su evangelización de manera profunda una de las principales prioridades. Al promover la pastoral familiar, os comprometéis a favorecer una mejor comprensión de la naturaleza, la dignidad y el papel del matrimonio, que supone un amor indisoluble y estable.
La liturgia ocupa un lugar importante en la expresión de la fe de vuestras comunidades. Por lo general, estas celebraciones eclesiales son festivas y alegres, manifestando el fervor de los fieles, felices de estar juntos, como Iglesia, para alabar al Señor. Es esencial, por tanto, que la alegría demostrada no sea un obstáculo, sino un medio, para entrar en diálogo y comunión con Dios a través de una verdadera interiorización de las estructuras y las palabras que componen la liturgia, con el fin de que ésta refleje realmente lo que sucede en el corazón de los creyentes, en una unión real con todos los participantes. Un signo elocuente de ello es la dignidad de las celebraciones, sobre todo cuando tienen lugar con gran afluencia de participantes.
El desarrollo de las sectas y movimientos esotéricos, así como la creciente influencia de una religiosidad supersticiosa y del relativismo, son una invitación apremiante a dar un renovado impulso a la formación de jóvenes y adultos, especialmente en el ámbito universitario e intelectual. A este respecto, quisiera felicitar y alentar los esfuerzos del Instituto Católico de Yaundé, y de todas las instituciones eclesiásticas cuya misión es hacer accesible y comprensible a todos la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Me alegra saber que son cada vez más en vuestro País los fieles comprometidos en la vida de la Iglesia y la sociedad. Las numerosas asociaciones de laicos que florecen en vuestras diócesis, son signo de la acción del Espíritu en el corazón de los fieles y contribuyen a un renovado anuncio del Evangelio. Me complace destacar y alentar la participación activa de las asociaciones femeninas en diferentes sectores de la misión de la Iglesia, demostrando así una toma de conciencia real de la dignidad de la mujer y de su vocación específica en la comunidad eclesial y en la sociedad. Doy gracias a Dios por la voluntad que muestran los laicos en vuestras comunidades de contribuir al futuro de la Iglesia y al anuncio del Evangelio. Por los sacramentos de la iniciación cristiana y los dones del Espíritu Santo, tienen la capacidad y el compromiso de anunciar el Evangelio, sirviendo a la persona y a la sociedad. Os animo encarecidamente a perseverar en vuestros esfuerzos por ofrecerles una sólida formación cristiana que les permita "desarrollar plenamente su papel de animación cristiana del orden temporal (político, cultural, económico, social), que es compromiso característico de la vocación secular del laicado" (Ecclesia in Africa, n. 75).
En el contexto de la globalización que bien conocemos, la Iglesia tiene un interés particular por los más necesitados. La misión del obispo le lleva a ser el principal defensor de los derechos de los pobres, a favorecer y promover el ejercicio de la caridad, que es una manifestación del amor del Señor por los pequeños. De esta manera, se ayuda a los fieles a comprender concretamente que la Iglesia es una verdadera familia de Dios, reunida en amor fraterno, lo cual excluye todo tipo de etnocentrismo y particularismo excesivo, y contribuye a la reconciliación y la colaboración entre los grupos étnicos para el bien de todos. Por otra parte, la Iglesia, mediante su doctrina social, quiere despertar la esperanza en el corazón de los excluidos. Y es también un deber de los cristianos, especialmente de los laicos que tienen responsabilidades sociales, económicas o políticas, dejarse guiar por la doctrina social de la Iglesia, con el fin de contribuir a la construcción de un mundo más justo, en el que todos puedan vivir dignamente.
Señor cardenal, queridos hermanos en el episcopado, al término de nuestro encuentro, quisiera manifestar una vez más mi alegría por estar en vuestro País y encontrar al pueblo camerunés. Os agradezco vuestra calurosa bienvenida, signo de la generosa hospitalidad africana. Que la Virgen María, Nuestra Señora de África, vele por todas vuestras comunidades diocesanas. A Ella confío a todo el pueblo de Camerún, y os imparto de corazón una afectuosa Bendición Apostólica, que hago extensiva a los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y a todos los fieles de vuestras diócesis.
[© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]
ARTÍCULO DE D. JOSÉ FERNÁNDEZ LAGO EN "EL CORREO GALLEGO"

Sacerdotes servidores
18.03.2009
JOSÉ FERNÁNDEZ LAGO CANÓNIGO LECTORAL
Así debería haber sido siempre. Ningún ser humano puede exigir a nadie una dedicación sobrehumana, pero el Señor, que nos ha llamado para ser sacerdotes, sí que lo requiere: a la medida de Cristo, que no vino al mundo para ser servido, sino para servir y dar la vida por la salvación eterna de los hombres.
Pero es muy fácil acoger adherencias propias de una y otra época. Quizás en otros tiempos, el hecho de que el sacerdote fuera un hombre "estudiado" moviera a algunos a rodearse de otras personas de una categoría semejante a la que él lograba por sus conocimientos. Sin embargo no era eso lo que debía ser. Y de hecho no han faltado nunca sacerdotes que han servido a los más humildes, y que se han hecho pobres con los pobres.
Que lo digan si no tantas personas que han heredado la enfermedad y la pobreza de sus padres. ¿A quién han acudido? ¿Quién les ha ofrecido calladamente la ayuda que necesitaban para seguir viviendo? Hoy existe en el mundo en que vivimos una sensibilidad que hace que las administraciones de los países se ocupen de la formación y de la ayuda social, especialmente en casos de necesidad. Sin embargo en otros tiempos había siempre huecos, que había de cubrir el sacerdote.
En la actualidad existen también lagunas que llenar. Por ello, un sacerdote entregado a servir a sus semejantes sigue teniendo sentido.
Habrá de ocuparse de algo a lo que la sociedad actual no es tan sensible. El sacerdote ha de ser testigo de otras realidades no tan fácilmente perceptibles como las terrenas. Habrá de ayudar al hermano a captar, más allá del cuerpo, ese espíritu que anima a toda persona; habrá de sensibilizar a los creyentes para que sepan que no hay amor a Dios si no hay amor al hombre, en especial al más necesitado; y habrá de testimoniar ante los no creyentes ese amor que ha sido característica fundamental de la vida de Cristo; y habrá de ser testigo para unos y otros de la esperanza en otra vida que el Señor ha establecido para nosotros, y hacia la cual hemos de caminar, con un corazón sensible y sacrificado por los hermanos.
Los sacerdotes se preparan en los seminarios, y San José, que educó junto con su esposa a Jesús, es el patrono de esos Centros de Formación.
En este año en que celebramos el bimilenario del nacimiento de San Pablo, la Iglesia exhorta a los seminaristas a sentirse "apóstoles por la gracia de Dios", y a integrar en sus vidas tal identificación con Cristo que les mueva a decir como el apóstol de los gentiles: "Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí".
Así pues, en el día del Seminario de este año, el seminarista ha de familiarizarse más que nunca con San Pablo para servir a los hombres la ayuda material que precisen, pero sobre todo el sentido de una vida que habla de fe, esperanza y caridad.
En correspondencia, toda la comunidad cristiana deberá pedir al Señor que nos envíe sacerdotes que sean servidores del pueblo, para ofrecer, junto al servicio material, el servicio de la palabra y de los sacramentos de la vida, como preparación para alcanzar esa vida celestial, que el Señor nos ofrece.
DISCURSO DE BENEDICTO XVI AL LLEGAR A CAMERÚN, AYER MARTES



(FOTOGRAFÍAS, RADIO VATICANO)
[En francés]
Señor presidente
señoras y señores que representáis a las autoridades civiles,
señor cardenal,
queridos hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas:
Os doy las gracias por vuestra acogida. Y le doy las gracias a usted, señor presidente, por las amables palabras que me acaba de dirigir. Aprecio profundamente la invitación que se me ha hecho para venir aquí, a Camerún, y quiero expresarle en primer lugar mi gratitud, así como al presidente de la conferencia episcopal nacional, monseñor Tonyé Bakot. Os saludo a todos los que me honráis con vuestra presencia en esta ocasión, y deseo asegurar que me siento feliz de encontrarme aquí, con vosotros, en la tierra de África, por primera vez desde mi elección a la Sede de Pedro.
Saludo cordialmente a mis hermanos en el episcopado, así como a los sacerdotes y laicos que están aquí reunidos. Dirijo mi saludo respetuoso también a los representantes del gobierno, a las autoridades civiles, y a los miembros del Cuerpo Diplomático. Mientras vuestro país, al igual que muchos otros en África, se prepara para celebrar el quincuagésimo aniversario de su independencia, quiero unir mi voz al coro de felicitaciones y de buenos deseos que os presentarán vuestros amigos de todo el mundo en esta feliz circunstancia. En esta asamblea, saludo también con reconocimiento a los miembros de otras confesiones cristianas y a los fieles de otras religiones. Al uniros hoy a nosotros, ofrecéis un signo elocuente de la buena voluntad y de la armonía que existen en este país entre las personas que pertenecen a las diferentes tradiciones religiosas.
Vengo entre vosotros como un pastor, vengo para confirmar a mis hermanos y hermanas en la fe. Es la misión que Cristo confió a Pedro en la Última Cena, y es la misión de los sucesores de Pedro. Cuando Pedro predicaba a las muchedumbres venidas a Jerusalén en Pentecostés, había entre ellos peregrinos procedentes de África. Y, en los primeros siglos del cristianismo, el testimonio de numerosos grandes santos de este continente --san Cipriano, santa Mónica, san Agustín, san Atanasio, por nombrar a unos pocos-- muestra el lugar destacado de África en los anales de la historia de la Iglesia. Desde entonces y hasta nuestros días, innumerables misioneros y numerosos mártires han seguido dando testimonio de Cristo en toda África, y hoy la Iglesia es bendecida por la presencia de unos 150 millones de miembros. Por tanto, ¿cómo no podía venir el sucesor de Pedro a África para celebrar junto a vosotros la fe en Cristo, que da la vida; fe que apoya y alimenta a tantos hijos e hijas de este gran continente?
[En inglés]
Aquí, en Yaundé, en 1995, mi venerable predecesor, Juan Pablo II, promulgó la exhortación apostólica postsinodal "Ecclesia in Africa", fruto de la primera asamblea especial del Sínodo de los Obispos para África, celebrada en Roma el año anterior. De hecho, el décimo aniversario de aquel momento histórico fue recordado con gran solemnidad en esta misma ciudad no hace mucho tiempo. He venido aquí para publicar el "Instrumentum Laboris" de la segunda asamblea especial, que tendrá lugar en Roma el próximo mes de octubre. Los padres sinodales reflexionarán juntos sobre el tema: "La Iglesia en África, al servicio de la reconciliación, de la justicia y la paz. 'Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo' (Mt 5, 13,14)". Después de casi diez años del nuevo milenio, este momento de gracia es un llamamiento a todos los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos del continente a entregarse nuevamente a la misión de la Iglesia de llevar esperanza a los corazones del pueblo de África, y de este modo también a los pueblos de todo el mundo.
También en medio de las más grandes dificultades, el mensaje cristiano trae siempre consigo esperanza. La vida de santa Josefina Bakhita ofrece un espléndido ejemplo de la transformación que el encuentro con el Dios vivo puede provocar en una situación de gran sufrimiento e injusticia. Ante el dolor y la violencia, la pobreza, el hambre, la corrupción o el abuso del poder, un cristiano nunca puede quedarse en silencio. El mensaje salvífico del Evangelio exige ser proclamado con fuerza y claridad, de manera que la luz de Cristo pueda brillar en la oscuridad de la vida de las personas. Aquí, en África, al igual que en otras muchas partes del mundo, innumerables hombres y mujeres anhelan escuchar una palabra de esperanza y consuelo. Conflictos locales dejan miles de personas sin casa y desprotegidas, huérfanos y viudas. En un continente que, en el pasado, ha visto cómo muchos de sus habitantes eran cruelmente raptados y llevados a ultramar para trabajar como esclavos, el tráfico de seres humanos, especialmente de mujeres y niños inermes, se ha convertido en una moderna forma de esclavitud. En un momento de global escasez de comida, de confusión financiera, de cambios climáticos, África sufre de manera desproporcionada: un número creciente de sus habitantes acaba convirtiéndose en presa del hambre, de la pobreza, de la enfermedad. Gritan reconciliación, justicia, y paz, y esto es precisamente lo que la Iglesia les ofrece. No ofrece nuevas formas de opresión económica o política, sino la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Cf. Romanos 8,21). No impone modelos culturales que ignoran el derecho a la vida de los que todavía no han nacido, sino el agua pura salvífica del Evangelio de la vida. No promueve las rivalidades interétnicas, sino la rectitud, la paz y la alegría del Reino de Dios, descrito de manera sumamente apropiada por el Papa Pablo VI con estas palabras: "civilización del amor" (Cf. Mensaje para el Regina caeli, Pentecostés 1970).
[En francés]
Aquí, en Camerún, donde más de una cuarta parte de la población es católica, la Iglesia puede continuar con su misión de promoción del consuelo y la reconciliación. En el centro Cardenal Léger, podré observar personalmente la solicitud pastoral de esta Iglesia local por las personas enfermas y que sufren; y es particularmente digno de encomio el que los enfermos de sida en este país sean curados gratuitamente. El compromiso educativo es otro elemento-clave del ministerio de la Iglesia, y ahora vemos que los esfuerzos de generaciones de maestros misioneros dan su fruto en la obra de la Universidad Católica de África Central, un signo de gran esperanza para el futuro de la región.
Camerún es efectivamente tierra de esperanza para muchos en África Central. Miles de refugiados de los países de la región devastados por la guerra han sido acogidos aquí. Es una tierra de vida, con un gobierno que habla claramente en defensa de los derechos de los no nacidos. Es una tierra de paz: resolviendo a través del diálogo el contencioso sobre la península de Bakassi, Camerún y Nigeria han demostrado al mundo que una paciente diplomacia puede traer frutos. Es una tierra de jóvenes, bendita por una población llena de vitalidad e impaciente por construir un mundo más justo y pacífico. Justamente Camerún es descrito como un "África en miniatura", patria de más de doscientos grupos étnicos diferentes que viven en armonía los unos con los otros. Estas son otras tantas razones para alabar y dar gracias a Dios.
Al venir hoy entre vosotros, rezo para que la Iglesia, aquí y en toda África, pueda seguir creciendo en santidad, en el servicio a la reconciliación, a la justicia y la paz. Rezo para que el trabajo de la segunda asamblea especial del Sínodo de los Obispos pueda avivar la llama de los dones que el Espíritu ha derramado sobre la Iglesia en África. Rezo por cada uno de vosotros, por vuestras familias, y vuestros seres queridos, y os pido que os unáis conmigo en la oración por todos los habitantes de este gran continente. ¡Que Dios bendiga a Camerún! ¡Que Dios bendiga África! ¡Gracias!
[Traducción del original inglés y francés realizada por Jesús Colina
© Libreria Editrice Vaticana] (ZENIT)
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