lunes, 30 de marzo de 2009

REUNIÓN DE CÁRITAS PARROQUIAL DE ARES Y LUBRE

  El pasado sábado tuvo lugar en el primer piso de la sacristía de la iglesia de Ares la reunión de Cáritas parroquial. Se inició con  la oración inicial, se leyó el acta de la reunión anterior, hubo diálogo sobre los casos que se están atendiendo, que últimamente están aumentando, y a continuación se habló sobre la conferencia que se organizará después de Semana Santa, en colaboración con Cáritas Diocesana. Se trató la sugerencia que hizo una persona de poner permanentemente los números de cuenta de Cáritas en la hoja parroquial, para que estén siempre a mano de la gente, y se aprobó esta idea. Con esto terminó la reunión. Los números de cuenta son: 
CAIXA GALICIA 2091-0211-26-3000002297
BANCO PASTOR 0072-0128-55-0000200299

martes, 24 de marzo de 2009

HOY CONMEMORAMOS EL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE MONSEÑOR ROMERO (24-III-1980)







ORACIÓN PARA LA DEVOCIÓN PRIVADA (Arzobispado de El Salvador)
Dios Padre de todos los hombres, que nos diste en tu Siervo Óscar Romero a un Pastor fiel y celoso fervoroso amante de tu Iglesia y en ella de modo especial, de los pobres y de los más necesitados, concédenos que nosotros sepamos vivir conforme al Evangelio de tu Hijo Jesús. Dígnate glorificar a su Siervo Óscar y concédeme por su intercesión el favor que te pido.....Así sea. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

lunes, 23 de marzo de 2009

DISCURSO DE DESPEDIDA DE BENEDICTO XVI, AL MARCHARSE DE ANGOLA



Excelentísimo Señor Presidente de la República, 
Ilustrísimas Autoridades civiles, militares y eclesiásticas, 
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, 
Amigos todos de Angola 
A la hora de partir, y muy reconocido por la presencia de Vuestra Excelencia, Señor Presidente, deseo expresarle mi aprecio y gratitud, tanto por el distinguido tratamiento que me ha deparado como por las disposiciones tomadas para facilitar el desarrollo de los diversos encuentros que he tenido el gozo de vivir. Expreso mi cordial agradecimiento a las Autoridades civiles y militares, a los Pastores y a los responsables de las comunidades e instituciones eclesiales implicadas en dichos encuentros, por la gentileza con que han querido honrarme durante estos días que he podido pasar con vosotros. Se debe una palabra de gratitud a los integrantes de los medios de comunicación social, a los agentes de los servicios de seguridad y a todos los voluntarios que, con generosidad, eficiencia y discreción, han contribuido al buen resultado de mi visita. 
Doy gracias a Dios por haber encontrado una Iglesia viva y, a pesar de las dificultades, llena de entusiasmo, que ha sabido llevar sobre los hombros su cruz, y la de los demás, dando testimonio ante todos de la fuerza salvadora del mensaje evangélico. Ella sigue anunciando que ha llegado el tiempo de la esperanza, comprometiéndose a pacificar los ánimos e invitando al ejercicio de una caridad fraterna que sepa abrirse a la acogida de todos, respetando las ideas y sentimientos de cada uno. Es el momento de despedirme y regresar a Roma, triste por tener que dejaros, pero contento por haber conocido un pueblo valeroso y decidido a renacer. No obstante las resistencias y los obstáculos, este pueblo quiere edificar su futuro caminando por la senda del perdón, la justicia y la solidaridad. 
Si se me permite dirigir aquí un llamamiento final, quisiera pedir que la justa realización de las aspiraciones fundamentales de la población más necesitada sea la principal preocupación de los que ejercen cargos públicos, pues su intención – estoy seguro – es desempeñar la misión encomendada, no para sí mismos, sino con vistas al bien común. Nuestro corazón no puede quedarse en paz mientras haya hermanos que sufren por falta de comida, de trabajo, de una casa o de otros bienes fundamentales. Para dar una respuesta concreta a estos nuestros hermanos en humanidad, el primer desafío que se ha de vencer es el de la solidaridad: solidaridad entre las generaciones, solidaridad entre las Naciones y entre los continentes, que permita compartir cada vez más ecuánimemente los recursos de la tierra entre todos los hombres.
Y desde Luanda levanto la vista sobre toda África, dándole cita para el próximo mes de octubre en la Ciudad del Vaticano, cuando nos reuniremos para la II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicada a este Continente, donde el Verbo encarnado en persona encontró refugio. Ahora, ruego a Dios que haga sentir su protección y ayuda a los innumerables refugiados y expatriados que vagan en espera de una vuelta a su propia casa. El Dios del cielo les repite: «Aunque la madre se olvide de ti, Yo nunca te olvidaré» (cf. Is 49,15). Dios os ama como hijos e hijas; Él vela sobre vuestros días y vuestras noches, sobre vuestras fatigas y aspiraciones. 
Hermanos y amigos de África, queridos angoleños: ¡ánimo! No os canséis de hacer progresar la paz, haciendo gestos de perdón y trabajando por la reconciliación nacional, para que la violencia nunca prevalezca sobre el diálogo, el temor y el desaliento sobre la confianza y el rencor sobre el amor fraterno. Eso será posible si os reconocéis mutuamente como hijos del mismo y único Padre del Cielo. Dios bendiga Angola. Bendiga a cada uno de sus hijos e hijas. Bendiga el presente y el futuro de esta querida Nación. Adiós. (TEXTO Y FOTOS: RADIO VATICANO)

AYER DOMINGO EL PAPA PIDIÓ POR LA PAZ EN ÁFRICA AL CONCLUIR EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas:
Al final de nuestra celebración eucarística, cuando mi visita pastoral a África está llegando a su fin, nos dirigimos ahora a María, la Madre del Redentor, para implorar su amorosa intercesión sobre nosotros, sobre nuestras familias y sobre nuestro mundo.
En esta oración del Ángelus, recordamos el "sí" incondicional de María a la voluntad de Dios. A través de la obediencia de fe de la Virgen, el Hijo vino al mundo para traernos el perdón, la salvación y la vida en abundancia. Haciéndose hombre como nosotros, en todo menos en el pecado, Cristo nos ha enseñado la dignidad y el valor de todo miembro de la familia humana. Murió por nuestros pecados para reunirnos en la familia de Dios.
Nuestra oración se eleva hoy desde Angola, desde África, y abraza al mundo entero. Al mismo tiempo, que los hombres y las mujeres de todas las partes del mundo, que se unen a nuestra oración, dirijan sus ojos a África, a este gran continente, tan lleno de esperanza, pero que todavía sigue tan sediento de justicia, de paz, y de un desarrollo sano e integral, que pueda asegurar a su pueblo un futuro de progreso y de paz.
Hoy encomiendo a vuestras oraciones el trabajo de preparación para la próxima segunda asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, cuya celebración está prevista para octubre de este año. Que inspirándose en la fe en Dios y confiando en las promesas de Cristo los católicos de este continente puedan convertirse cada vez más plenamente en levadura de esperanza evangélica para todas las personas de buena voluntad que aman a África, que están entregadas al progreso material y espiritual de sus hijos, y a la difusión de la paz, de la prosperidad, de la justicia y de la solidaridad de cara al bien común.
Que la Virgen María, Reina de la Paz, siga guiando al pueblo de Angola en la tarea de la reconciliación nacional tras la devastadora e inhumana experiencia de la guerra civil. Que sus oraciones alcancen a todos los angoleños la gracia de un auténtico perdón, del respeto de los demás, de la cooperación, que es la única que puede promover la inmensa obra de la reconstrucción. Que la santa Madre de Dios, que nos señala a su Hijo, hermano nuestro, nos recuerde a nosotros, cristianos de todo lugar, el deber de amar a nuestro prójimo, de ser constructores de la paz, de ser los primeros en perdonar a quien ha pecado contra nosotros, así como también nosotros hemos sido personados.
Aquí, en el África Austral, queremos pedir de manera particular a nuestra Señora que interceda por la paz, por la conversión de los corazones y por el final del conflicto en la cercana región de los Grandes Lagos. Que su Hijo, Príncipe de la paz, traiga curación a quien sufre, consuelo a quienes lloran y fuerza a todos los que llevan adelante el difícil proceso del diálogo, de la negociación y del alto a la violencia.
Con esta confianza, nos dirigimos ahora a María, nuestra Madre, y al recitar la oración del Ángelus recemos por la paz y la salvación de toda la familia humana.
[Traducción del original portugués realizada por Jesús Colina
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana] (ZENIT)

sábado, 21 de marzo de 2009

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI EN LA MISA PRESIDIDA EN LUANDA, ESTA MAÑANA





Queridos hermanos y hermanas,
Queridos trabajadores de la viña del Señor
Como hemos escuchado, los hijos de Israel se decían unos a otros: «Esforcémonos por conocer al Señor». Con estas palabras se animaban mientras se veían llenos de tribulaciones. Según el profeta, éstas caían sobre ellos porque vivían en la ignorancia de Dios; su corazón tenía poco amor. Y el único médico capaz de curarlo era el Señor. Es más, como buen médico, él mismo había abierto la herida para que así se curase la llaga. Y el pueblo se decide: «Volvamos al Señor: él nos desgarró, él nos curará» (Os 6,1). De este modo, se han encontrado la miseria humana y la Misericordia divina, que no desea sino acoger a los desventurados.
Lo podemos ver en el pasaje del Evangelio que se ha proclamado: «Dos hombres subieron al templo a orar»; de allí, uno «bajó a su casa justificado» y el otro no (Lc 18, 10.14). Este último presentó todos sus méritos ante Dios, casi como convirtiéndolo en un deudor suyo. En el fondo, no sentía la necesidad de Dios, aunque le daba gracias por haberlo hecho tan perfecto y no «como ese publicano». Y, sin embargo, es precisamente el publicano quien bajará a su casa justificado. Consciente de sus pecados, que le hacen agachar la cabeza, aunque, en realidad, está totalmente dirigido hacia el Cielo, él espera todo del Señor: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13). Llama a la puerta de la Misericordia, que se abre y lo justifica, «porque – concluye Jesús – todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,14).
San Pablo, patrón de la ciudad de Luanda y de esta estupenda Iglesia, construida hace casi cincuenta años, nos habla por experiencia propia de este Dios rico en Misericordia. Con el Jubileo paulino que se está celebrando, he querido resaltar el bimilenario del nacimiento de San Pablo, con el objetivo de aprender de él a conocer mejor a Jesucristo. Éste es el testimonio que nos ha dejado: «Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna» (1 Tm 1,15-16). Con el pasar de los siglos, el número de los que han recibido la gracia no ha dejado de aumentar. Tú y yo somos uno de ellos. Demos gracias a Dios porque nos ha llamado a entrar en esta muchedumbre de todos los tiempos para hacerla avanzar hacia el futuro. Imitando a los que han ido en pos de Jesús, seguimos al mismo Cristo y así entramos en la Luz.
Queridos hermanos y hermanas, siento una gran alegría de encontrarme hoy entre vosotros, mis compañeros de jornada en la viña del Señor; de ella os ocupáis cada día preparando el vino de la Misericordia divina y derramándolo sobre las heridas de vuestro pueblo tan atribulado. Mons. Gabriel Mbilingi, con las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido, se ha hecho intérprete de vuestras esperanzas y preocupaciones. Con el alma llena de gratitud y esperanza, os saludo a todos, hombres y mujeres dedicados a la causa de Jesucristo, a los que estáis aquí y a los que representáis: Obispos, presbíteros, consagrados y consagradas, seminaristas, catequistas, líderes de los diversos Movimientos y Asociaciones de esta querida Iglesia de Dios. Deseo recordar también a las religiosas contemplativas, presencia invisible pero sumamente fecunda para nuestros pasos. Permitidme por último un saludo particular a los salesianos y a los fieles de esta parroquia de San Pablo que nos acogen en su Iglesia, cediéndonos sin hesitar el puesto que habitualmente les corresponde a ellos en la asamblea litúrgica. Sé que se encuentran reunidos en el campo adyacente y espero verlos y bendecirlos al final de esta Eucaristía, pero ya desde ahora les digo: «Muchísimas gracias. Que Dios suscite entre vosotros y por medio vuestro muchos apóstoles que sigan los pasos de vuestro Patrono».
En la vida de Pablo, su encuentro con Jesús cuando iba de camino hacia Damasco ha sido fundamental: Cristo se le aparece como luz deslumbrante, le habla, lo conquista. El apóstol vio a Jesús resucitado, es decir, al hombre en su estado perfecto. Así, pues, se produce en él un cambio de perspectiva, pasando a verlo todo partiendo de este estado final del hombre en Jesús: lo que antes le parecía esencial y fundamental, ahora es para él como «basura»; ya no es «ganancia» sino pérdida, porque ahora lo único que cuenta es la vida en Cristo (cf. Flp 3,7-8). No se trata de un simple madurar del «yo» de Pablo, sino de un morir a sí mismo y de resucitar en Cristo: ha muerto en él una forma de existencia, y una forma nueva nace en él con Jesús resucitado.
Hermanos y amigos, «esforcémonos por conocer al Señor» resucitado. Como sabéis, Jesús, hombre perfecto, es también nuestro Dios verdadero. En Él Dios se hizo visible para hacernos partícipes de su vida divina. De esta manera, se inaugura con Él una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también la materia está integrada, y mediante la cual surge un nuevo mundo. Pero este salto cualitativo de la historia universal que Jesús ha realizado por nosotros y para nosotros, ¿cómo llega concretamente al ser humano, impregnando su vida y arrebatándola hacia lo alto? Llega a cada uno de nosotros a través de la fe y el bautismo. En efecto, este sacramento es muerte y resurrección, transformación en una nueva vida, de tal manera que la persona bautizada puede decir con Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Vivo, pero no soy yo. En cierta manera, se me quita mi yo, para quedar integrado en un Yo más grande; conservo todavía mi yo, pero transformado y abierto a los otros mediante mi inserción en el Otro: en Cristo alcanzo mi nuevo espacio de vida. ¿Qué es lo que ha sucedido en nosotros? Responde Pablo: que todos habéis sido hechos uno en Cristo Jesús (cf. Ga 3,28). 
La gestación del Cuerpo de Cristo en la historia se va completando paulatinamente mediante este nuestro ser cristificados por obra y gracia del Espíritu de Dios. En este momento, me es grato volver con el pensamiento quinientos años atrás, o sea a los años 1506 y siguientes, cuando en estas tierras, a las que entonces venían los portugueses, se estableció el primer reino cristiano subsahariano, gracias a la fe y a la determinación del rey Dom Alfonso I Mbemba-a-Nzinga, que reinó desde el mencionado año 1506 hasta el 1543, año en que murió; el reino permaneció oficialmente católico desde el siglo XVI hasta el XVIII, con un embajador en Roma. Mirad cómo dos etnias tan diferentes – banta y lusitana – pudieron encontrar en la religión cristiana una plataforma de entendimiento, esforzándose para que ese entendimiento perdurase y las divergencias – que las hubo, y graves – no separaran los dos reinos. De hecho, el bautismo hace que todos los creyentes sean uno en Cristo.
Hoy os toca a vosotros, hermanos y hermanas, siguiendo la estela de aquellos heroicos y santos mensajeros de Dios, llevar a Cristo resucitado a vuestros compatriotas. Muchos de ellos viven temerosos de los espíritus, de los poderes nefastos de los que creen estar amenazados; desorientados, llegan a condenar a niños de la calle y también a los más ancianos, porque, según dicen, son brujos. ¿Quién puede ir a anunciarles que Cristo ha vencido a la muerte y a todos esos poderes oscuros? (cf. Ef 1,19-23; 6,10-12). Algunos objetan: «¿Porqué no los dejamos en paz? Ellos tienen su verdad; nosotros, la nuestra. Intentemos convivir pacíficamente, dejando a cada uno como es, para que realice del mejor modo su autenticidad». Pero, si nosotros estamos convencidos y tenemos la experiencia de que sin Cristo la vida es incompleta, le falta una realidad, que es la realidad fundamental, debemos también estar convencidos de que no hacemos ninguna injusticia a nadie si les mostramos a Cristo y le ofrecemos la posibilidad de encontrar también, de este modo, su verdadera autenticidad, la alegría de haber encontrado la vida. Es más, debemos hacerlo, es nuestra obligación ofrecer a todos esta posibilidad de alcanzar la vida eterna.
Muy queridos hermanos y hermanas, digámosles como el pueblo israelita: «Volvamos al Señor: él nos desgarró, él nos curará». Ayudemos a que la miseria humana se encuentre con la Misericordia divina. El Señor nos hace sus amigos, se nos entrega, nos entrega su Cuerpo en la Eucaristía, nos confía su Iglesia. Hemos de ser, pues, verdaderamente sus amigos, tener un mismo sentir con Él, querer lo que Él quiere y no querer lo que Él no quiere. Jesús mismo dijo: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14). Que éste sea nuestro propósito común: cumplir todos juntos su voluntad: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Como hizo san Pablo, abracemos su voluntad: «No tengo más remedio que predicar el Evangelio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (cf. 1 Co 9, 16). 
(Fotos y texto: Radio Vaticano)

DISCURSO DEL PAPA A LAS AUTORIDADES DE ANGOLA Y AL CUERPO DIPLOMÁTICO

LUANDA, viernes 20 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI a las autoridades políticas y civiles y al Cuerpo Diplomático en el salón de honor del palacio presidencial de Luanda.
* * *


Señor presidente de la República,
distinguidas autoridades,
ilustres embajadores,
queridos hermanos en el episcopado,
señoras y señores:
Con un amable gesto de hospitalidad, el señor presidente ha querido recibirnos en su residencia, ofreciéndome así la alegría de encontrarme con todos vosotros, para saludaros y desearos los mejores éxitos en el ejercicio de las importantes responsabilidades que cada uno de vosotros desempeña en el ámbito gubernativo, civil y diplomático, en el que sirve a su nación en beneficio de toda la familia humana. Señor presidente, gracias por su acogida y por las palabras que me ha dirigido, llenas de estima por el sucesor de Pedro y de confianza en la actividad de la Iglesia católica en favor de esta tan querida nación.

Amigos, sois artífices y testigos de una Angola que está despertando. Tras veintisiete años de guerra civil, que había devastado este país, la paz ha comenzado a echar raíces, llevando consigo los frutos de la estabilidad y la libertad. Los esfuerzos palpables del Gobierno por establecer las infraestructuras y rehacer las instituciones fundamentales para el desarrollo y el bienestar de la sociedad, han hecho resurgir la esperanza en los ciudadanos de la nación. Muchas iniciativas de agencias multilaterales, decididas a superar intereses particulares para actuar en la perspectiva del bien común, han venido en ayuda de esta esperanza. No faltan en diversas partes del país ejemplos de maestros, agentes sanitarios y empleados estatales que, con exiguos sueldos, sirven con integridad y dedicación a sus comunidades; y van aumentado quienes se comprometen en actividades de voluntariado al servicio de los más necesitados. Que Dios bendiga y multiplique todas estos buenos deseos y sus iniciativas al servicio del bien.
Angola sabe que ha llegado para África el tiempo de la esperanza. Todo comportamiento recto es esperanza en acción. Nuestros actos nunca son indiferentes ante Dios; y no lo son tampoco para el desarrollo de la historia. Amigos míos, con un corazón íntegro, magnánimo y compasivo, podéis transformar este continente, liberando a vuestro pueblo del flagelo de la avidez, de la violencia y del desorden, guiándolo por la senda indicada por los principios indispensables de toda democracia civil moderna: el respeto y la promoción de los derechos humanos, un gobierno transparente, una magistratura independiente, una comunicación social libre, una administración pública honesta, una red de escuelas y hospitales que funcionen de manera adecuada y la firme determinación, arraigada en la conversión del corazón, de romper de una vez por todas con la corrupción. En el mensaje de este año para la Jornada Mundial de la Paz he querido volver a llamar la atención de todos sobre la necesidad de una visión ética del desarrollo. En efecto, más que simples programas y protocolos, las personas de este continente están reclamando justamente una conversión del corazón a la fraternidad, profundamente convencida y duradera (cf. n. 13). Su petición a los que sirven en la política, en la administración pública, en las agencias internacionales y en las compañías multinacionales es sobre todo ésta: estad con nosotros de manera verdaderamente humana; acompañadnos a nosotros, a nuestras familias y a nuestras comunidades.
El desarrollo económico y social en África exige la coordinación del Gobierno nacional con las iniciativas regionales y con las decisiones internacionales. Una coordinación así supone que las naciones africanas sean consideradas no sólo como destinatarias de los planes y las soluciones elaboradas por otros. Los africanos mismos, trabajando juntos por el bien de sus comunidades, han de ser los primeros agentes de su desarrollo. A este propósito, hay un número creciente de iniciativas eficaces que merecen ser mencionadas. Entre ellas, la New Partnership for Africa's Development (NEPAD), el Pacto sobre la seguridad, la estabilidad y el desarrollo en la Región de los Grandes Lagos, el Kimberley Process, la Publish What You Pay Coalition y la Extractive Industries Transparency Iniziative: su objetivo común es promover la transparencia, la práctica comercial honesta y el buen gobierno. Por lo que se refiere a la comunidad internacional en su conjunto, es de urgente importancia la coordinación de los esfuerzos para afrontar la cuestión de los cambios climáticos, el pleno y justo cumplimiento de los compromisos para el desarrollo indicado por el Doha round e, igualmente, la realización de la promesa de los países desarrollados, tantas veces repetida, de destinar el 0,7% de su PIB (producto interior bruto) a las ayudas oficiales para el desarrollo. Hoy, esta ayuda es más necesaria aún, con la tempestad financiera mundial que se ha desencadenado; el auspicio es que dicha ayuda no sea otra de sus víctimas.
Amigos, quiero concluir mi reflexión confesando que mi visita a Camerún y Angola está despertado en mí esa profunda alegría humana que se siente al encontrarme entre familias. Pienso que dicha experiencia es el don común que África ofrece a los que vienen de otros continentes y llegan aquí, donde "la familia representa el pilar sobre el cual está construido el edificio de la sociedad" (Ecclesia in Africa, 80). Y, sin embargo, como todos sabemos, también aquí la familia está sometida a muchas presiones: angustia y humillación causada por la pobreza, el desempleo, la enfermedad y el exilio, por mencionar sólo algunas. Es particularmente inquietante el yugo opresor de la discriminación sobre mujeres y niñas, por no hablar de la práctica incalificable de la violencia y explotación sexual, que provoca tantas humillaciones y traumas. También he de subrayar otro aspecto muy preocupante: las políticas de aquellos que, con el espejismo de hacer avanzar el "edificio social", minan sus propios fundamentos. Qué amarga es la ironía de aquellos que promueven el aborto como una atención de la salud "materna". Qué desconcertante resulta la tesis de aquellos para quienes la supresión de la vida sería una cuestión de salud reproductiva (cf. Protocolo de Maputo, art. 14).
Señoras y Señores, la Iglesia se encontrará siempre, por voluntad de su divino Fundador, cerca de los más pobres de este continente. Puedo aseguraros que, a través de las iniciativas diocesanas y de innumerables obras educativas, sanitarias y sociales de diversas órdenes religiosas, seguirá haciendo todo lo posible para ayudar a las familias - incluidas las afectadas por los trágicos efectos del sida - y para promover la igualdad de dignidad de mujeres y hombres, sobre la base de una armónica complementariedad. El camino espiritual del cristiano es la conversión cotidiana; a esto invita la Iglesia a todos los dirigentes de la humanidad, para que ésta siga la senda de la verdad, la integridad, el respeto y la solidaridad.
Señor presidente, quisiera reiterarle mi más cordial reconocimiento por la acogida que nos ha dispensado en su casa. Agradezco a todos vosotros la gentileza de vuestra presencia y la atención prestada. Podéis contar con mis plegarias por vosotros, vuestras familias y todos los habitantes de esta maravillosa África. Que el Dios de los cielos os guarde y os bendiga a todos.
[© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana] (ZENIT)

HOJA LITÚRGICA DEL DOMINGO

viernes, 20 de marzo de 2009

DISCURSO DEL PAPA A SU LLEGADA A ANGOLA





(Fotos, Radio Vaticano)

Excelentísimo Señor Presidente de la República, 
Ilustrísimas Autoridades civiles y militares, 
Venerados Hermanos en el Episcopado, 
Queridos amigos angoleños 
Con vivos sentimientos de deferencia y amistad, pongo pie en el suelo de esta noble y joven Nación, en el ámbito de una visita pastoral que espiritualmente tiene como horizonte todo el Continente africano, aunque haya tenido que limitar mis pasos a Yaundé y a Luanda. Que todos sepan que, en mi corazón y en mi plegaria, tengo presente a África en general y al pueblo de Angola en particular, al que deseo ofrecer un cordial aliento para proseguir por la vía de la pacificación y la reconstrucción del País y las instituciones. 
Comienzo, Señor Presidente, agradeciendo la amable invitación que me ha hecho de visitar Angola y las cordiales expresiones de bienvenida que me acaba de dirigir. Acepte mi deferente saludo y los mejores deseos, que hago extensivos a las otras autoridades que han tenido la amabilidad de venir a recibirme. Saludo a toda la Iglesia católica en Angola en la persona de sus Obispos aquí presentes, y agradezco a todos los amigos angoleños la cariñosa acogida que me han dispensado. Y que llegue también mis sentimientos de amistad a los que me siguen a través de la radio y la televisión, en la certeza de la benevolencia del Cielo sobre la misión común que nos ha sido confiada: edificar juntos una sociedad más libre, más pacífica y más solidaria.
¿Cómo no recordar a aquel ilustre Visitante que bendijo Angola en junio de 1992, mi amado Predecesor Juan Pablo II? Incansable misionero de Jesucristo hasta los extremos confines de la tierra, él ha indicado la vía hacia Dios, invitando a todos los hombres de buena voluntad a escuchar la propia conciencia rectamente formada y a edificar una sociedad de justicia, de paz y de solidaridad, en la caridad y en el perdón recíproco. En cuanto a mí, os recuerdo que provengo de un País en el que la paz y la hermandad son sentidas muy dentro del corazón de todos sus habitantes, especialmente de los que –como yo– han conocido la guerra y la división entre hermanos pertenecientes a la misma Nación a causa de ideologías desoladoras e inhumanas, la cuales, bajo la falaz apariencia de sueños e ilusiones, hicieron pesar sobre los hombres el yugo de la opresión. Podéis entender, pues, lo sensible que soy al diálogo entre los hombres como medio para superar toda forma de conflicto y tensión, y para hacer de cada Nación –y por tanto también de vuestra Patria– una casa de paz y hermandad. Con vistas a este fin, debéis tomar de vuestro patrimonio espiritual y cultural los mejores valores de los que Angola es portadora, y salir al encuentro unos de otros sin miedo, aceptando compartir la riqueza espiritual y material de cada uno, en beneficio de todos. 
¿Cómo no pensar aquí a la población de la provincia de Kunene, afectada por lluvias torrenciales e inundaciones que han provocado numerosos muertos y dejado sin hogar a tantas familias por la destrucción de sus casas? A ellas deseo hacer llegar en su prueba la seguridad de mi solidaridad, junto con un aliento especial a tener confianza para recomenzar con la ayuda de todos.
Queridos angoleños, vuestro territorio es rico; vuestra Nación es fuerte. Utilizad estas cualidades vuestras para favorecer la paz y el acuerdo entre los pueblos, sobre una base de lealtad e igualdad que promuevan ese futuro pacífico y solidario para África, que todos anhelan y al que tienen derecho. Para ello, os ruego: No os rindáis a la ley del más fuerte. Porque Dios ha concedido a los seres humanos la capacidad de elevarse, por encima de sus tendencias naturales, con las alas de la razón y de la fe. Si os dejáis llevar por estas alas, no os será difícil reconocer en el otro a un hermano, que ha nacido con los mismos derechos humanos fundamentales. Lamentablemente, dentro de vuestros confines angoleños hay todavía muchos pobres que reivindican el respeto de sus derechos. No se puede olvidar la multitud de angoleños que viven por debajo del umbral de la pobreza absoluta. No decepcionéis sus expectativas. 
Se trata de una tarea ingente, que requiere una mayor participación cívica por parte de todos. Es necesario implicar en ella a toda la sociedad civil angoleña; pero ésta ha de presentarse ante dicho reto de manera más fuerte y articulada, tanto entre las fuerzas que la componen como también en el diálogo con el Gobierno. Para dar vida a una sociedad realmente celosa del bien común, se necesitan valores compartidos por todos. Estoy convencido de que Angola podrá encontrarlos hoy también en el Evangelio de Jesucristo, como ocurrió tiempo atrás con un ilustre antepasado vuestro, Dom Afonso I Mbemba-a-Nzinga; por obra suya surgió hace quinientos años en Mbanza Congo un reino cristiano, que sobrevivió hasta el siglo XVIII. De sus cenizas pudo brotar luego, entre los siglos XIX y XX, una Iglesia renovada que no ha dejado de crecer hasta nuestros días. Demos gracias a Dios por ello. He aquí el motivo inmediato que me ha traído a Angola: encontrarme con una de las más antiguas comunidades católicas del África subecuatorial, para confirmarla en su fe en Jesús resucitado y unirme a las súplicas de sus hijos e hijas para que el tiempo de la paz, en la justicia y en la fraternidad, no conozca ocaso en Angola, permitiéndola cumplir la misión que Dios le ha confiado en favor de su pueblo y en el concierto de las Naciones. Dios bendiga Angola.
(Radio Vaticano)

RONDALLA DE ARES "OS TROVADORES"

   Ayer, día de san José la rondalla de Ares "Os Trovadores" acudió a las iglesias de Lubre y Ares para cantar al término de las misas. Durante estos días es tradicional en la zona de Ferrolterra que las rondallas de las diferentes poblaciones canten en honor a las Pepitas.
  A continuación vemos su actuación en Lubre.







En las fotografías siguientes vemos a la rondalla actuando en Ares. (Fotos: Tino)





MISA DE BENEDICTO XVI EN ÁFRICA. DÍA TERCERO

jueves, 19 de marzo de 2009

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI EN LA MISA PRESIDIDA EN YAUNDÉ





(Fotos, Radio Vaticano)

YAUNDÉ, jueves, 19 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la mañana de este jueves, al presidir la celebración eucarística en la fiesta litúrgica de san José, con ocasión de la publicación del "Instrumentum laboris" (documento de trabajo) de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, en el estadio Amadou Ahidjo de Yaundé.

* * *
[En francés]
Queridos hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas:
¡Alabado sea Jesucristo que nos ha reunido hoy en este estadio para hacernos penetrar de una manera más profunda en su vida!
Jesucristo nos reúne en este día en el que la Iglesia, aquí en Camerún, al igual que en toda la tierra, celebra la fiesta de san José, esposo de la Virgen María. Comienzo deseando una feliz fiesta a todos los que, como yo, han recibido la gracia de llevar este hermoso nombre, y le pido a san José que les proteja especialmente, guiándoles hacia el Señor Jesucristo todos los días de su vida.
Saludo también a las parroquias, escuelas y centros de estudios, las instituciones que llevan el nombre de san José. Doy las gracias a monseñor Tonyé Bakot, arzobispo de Yaundé, por sus amables palabras y dirijo un cálido saludo a los representantes de las conferencias episcopales de África, venidos a Yaundé con motivo de la publicación del Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos.
¿Cómo es posible entrar en la gracia específica de este día? En unos momentos, al final de la misa, la liturgia nos revelará el punto culminante de nuestra meditación, cuando nos invitará a decir: "Con este alimento recibido en tu altar, Señor, has saciado el hambre de tu familia, gozosa al celebrar a san José; custódiala siempre bajo tu protección y vela por los dones que le has concedido". Como podéis ver, le pedimos al Señor que siempre mantenga a la Iglesia bajo su protección --¡y lo hace!--, como José protegió a su familia y veló sobre los primeros años del Niño Jesús.
El Evangelio nos lo acaba de recordar. El ángel le había dicho: "No temas tomar contigo a María tu mujer" (Mateo 1, 20) y esto es precisamente lo que hizo: "hizo como el ángel del Señor le había mandado" (Mateo 1, 24). ¿Por qué motivo Mateo quiso subrayar esta fidelidad a las palabras recibidas del mensajero de Dios, si no es para invitarnos a imitar esta fidelidad llena de amor?
La primera lectura que acabamos de escuchar no habla explícitamente de san José, sino que nos enseña muchas cosas sobre él. El profeta Natán va a decir a David, por orden del mismo Dios: "afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas" (2 Samuel 7, 12). David tiene que aceptar la muerte sin ver la realización de esta promesa, que se cumplirá "cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres". De este modo, podemos ver que uno de los deseos más queridos para el hombre, el de ser testigo de la fecundidad de su obra, no siempre es escuchado por Dios. Pienso en aquellos, de entre vosotros, que son padres o madres de familia: legítimamente tienen el deseo de dar lo mejor de ellos mismos a sus hijos y quieren ver como logran un auténtico logro. Sin embargo, no hay que equivocarse en lo que significa este logro: lo que Dios le pide a David es que confíe en él. David no verá a su sucesor, que tendrá un trono "estable para siempre" (2 Samuel 7, 16), pues este sucesor, anunciado bajo el velo de la profecía, es Jesús. David confía en Dios. Del mismo modo, José confía en Dios, cuando escucha que su mensajero, su ángel, le dice: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo" (Mateo 1, 20). José es, en la historia, el hombre que ha dado a Dios la prueba más grande de confianza, incluso ante un anuncio tan increíble.
[En inglés:]
Queridos padres y madres reunidos hoy aquí, ¿confiáis en Dios que hace de vosotros padres y madres de sus hijos adoptivos? ¿Aceptáis que cuente con vosotros para transmitir a vuestros hijos los valores humanos y espirituales que habéis recibido y que les prepararán para vivir su vida con amor y respeto de su santo nombre? En una época en que tantas personas sin escrúpulos quieren imponer el reino del dinero despreciando a los más pobres, tenéis que estar atentos. África, en general, y Camerún en particular, ¡están en peligro si no reconocen al verdadero autor de la Vida! Hermanos y hermanas en Camerún y en África, ¡habéis recibido de Dios muchas virtudes humanas, cuidad de vuestras almas! No os dejéis fascinar por falsas glorias e ideales falsos. ¡Tened fe! Sí. Seguid creyendo en Dios --Padre, Hijo, y Espíritu Santo--, el único que os ama como vosotros deseáis ser amados, el único que puede satisfaceros, que puede dar estabilidad a vuestras vidas. Sólo Cristo es el camino de la Vida.
Sólo Dios podía dar a José la fuerza para confiar en el ángel. Sólo Dios os dará, queridas parejas de casados, la fuerza para educar a vuestras como él quiere. ¡Pedídselo! A Dios le gusta que se le pida lo que quiere dar. Pedidle la gracia de un amor auténtico y aún más fiel, a imagen de su amor. Como dice magníficamente el Salmo: "Cimentado está el amor por siempre, asentada en los cielos mi lealtad" (Salmo 88, 3).
Al igual que en otros continentes, la familia --en vuestro país y en África-- atraviesa un período difícil, pero la fidelidad a Dios será de ayuda para superarlo. Algunos valores de la vida tradicional se han trastocado. Las relaciones entre las generaciones se han modificado de una forma que no favorece como antes la transmisión de los conocimientos antiguos y de la sabiduría heredada de los antepasados. Con demasiada frecuencia somos testigos de un éxodo rural, pero no como el que se ha conocido en muchos períodos de la historia. La calidad de los lazos familiares queda profundamente afectada. Desarraigados y frágiles, los miembros de las generaciones jóvenes, a menudo sin trabajo --por desgracia--, buscan remedios para el mal de vivir refugiándose en paraísos importados, efímeros y artificiales, que --como sabemos-- nunca garantizarán al ser humano una felicidad profunda y duradera.
A veces los africanos se ven obligados a huir de sí mismos y a abandonar todo lo que constituía su riqueza interior. Frente al fenómeno de una urbanización galopante, abandonan su tierra, física y moralmente, no como Abraham para responder a la llamada del Señor, sino por una especie de exilio interior que les aleja de su mismo ser, de sus hermanos y hermanas de sangre, del mismo Dios.
¿Hay una fatalidad, una evolución inevitable? Ciertamente no. Ahora más que nunca tenemos que "esperar contra toda esperanza" (Romanos 4,18). Quiero reconocer aquí con aprecio y gratitud el extraordinario trabajo realizado por innumerables asociaciones que promueven la vida de fe y la práctica de la caridad. ¡Debe expresárseles agradecimiento calurosamente! ¡Que encuentren en la Palabra de Dios una nueva fuerza para continuar con sus proyectos a favor de un desarrollo integral de la persona humana en África, especialmente en Camerún!
La primera prioridad consiste en volver a dar sentido a la acogida de la vida como don de Dios. Para la Sagrada Escritura, como para la sabiduría de vuestro continente, la llegada de un niño es una gracia, una bendición de Dios. Hoy es urgente dar más importancia a esto: cada ser humano, incluso el más pobre y pequeño, está creado "a imagen y semejanza de Dios" (Génesis 1, 27). ¡Toda persona debe vivir! ¡La muerte no debe prevalecer sobre la vida! ¡La muerte nunca tendrá la última palabra!
Hijos e hijas de África: ¡no tengáis miedo de creer, de esperar, de amar! ¡No tengáis miedo de decir que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, que solamente Él nos puede salvar! San Pablo es, de hecho, un autor inspirado dado a la Iglesia por el Espíritu Santo como "maestro de las naciones" (1 Timoteo 2, 7), cuando nos dice que Abraham, "esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones, según le había sido dicho: 'Así será tu posteridad'" (Romanos 4, 18).
"Firmes en la esperanza contra toda esperanza", ¿no es una definición magnífica del cristiano? África está llamada a la esperanza a través de vosotros y en vosotros. Con Cristo Jesús, que pisó el suelo africano, África puede transformarse en el continente de la esperanza. Todos somos miembros de los pueblos que Dios dio como descendencia a Abraham. Cada uno y cada una de nosotros fue pensado, querido y amado por Dios. Cada uno y cada una de nosotros tiene un papel que desempeñar en el plan de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Si el desaliento os invade, pensad en la fe de José, si la inquietud os acecha, pensad en la esperanza de José, descendiente de Abraham que esperaba contra toda esperanza; si os azuza la aversión o el odio, pensad en el amor de José que fue el primer hombre que descubrió el rostro humano de Dios en la persona del niño concebido por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen María. Alabemos y demos gracias a Cristo por habernos unido de una manera tan íntima, y por habernos dado a José como un ejemplo y un modelo de amor a Él.
[En francés:]
Queridos hermanos y hermanas, os lo vuelvo a decir de todo corazón: al igual que José, no tengáis miedo de tomar a María con vosotros, es decir, no tengáis miedo de amar a la Iglesia. María, Madre de la Iglesia, os enseñará a seguir a sus pastores, a amar a vuestros obispos, vuestros sacerdotes, vuestros diáconos y vuestros catequistas, y a seguir lo que os enseñan, a rezar también por sus intenciones.
Los que estáis casados, mirad al amor de José por María y Jesús; los que os preparáis al matrimonio, respetad a vuestra futura o futuro cónyuge, como hizo José con María; los que se han consagrado a Dios en el celibato, reflexionad sobre la enseñanza de nuestra Madre, la Iglesia: "La virginidad y el celibato para el Reino de Dios no solamente no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y confirman. El matrimonio y la virginidad son las dos formas de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo" (Redemptoris custos, 20).
Quisiera dirigir, además, una exhortación particular a los padres de familia, pues san José es su modelo. Él os puede enseñar el secreto de vuestra paternidad, él que veló por el Hijo del Hombre. Del mismo modo, todo padre recibe de Dios a sus hijos creados a su imagen y semejanza. San José fue el esposo de María. Del mismo modo, a cada padre de familia se le confía el misterio de la mujer a través de su propia esposa. Como san José, queridos padres de familia, respetad y amad a vuestra esposa y guiad a vuestros hijos con amor y con vuestra presencia atenta hacia Dios, donde deben estar (Cf. Lucas 2, 49).
Por último, a todos los jóvenes que aquí se encuentran, les dirijo palabras de amistad y aliento: ¡Ante las dificultades de la vida, mantened el valor! Vuestra existencia tiene un precio infinito a los ojos de Dios. ¡Dejaos arrebatar por Cristo, entregadle vuestro amor, por qué no, en el sacerdocio o la vida consagrada! Es el servicio más alto. A los niños que ya no tienen un padre o que viven abandonados en la misera de la calle, a los que han sido separados con la violencia de sus padres, maltratados y abusados, y reclutados por la fuerza en grupos paramilitares de ciertos países, os digo: Dios os ama. ¡No os olvida y san José os protege! Invocadle con confianza.
¡Que Dios os bendiga y os guarde a todos! ¡Que os dé la gracia de avanzar hacia Él con fidelidad! ¡Que dé a vuestras vidas la estabilidad para recoger el fruto que espera de vosotros! ¡Que haga de vosotros testigos de su amor, aquí, en Camerún, y hasta los confines de la tierra! Yo le pido con fervor que os permita experimentar la alegría de pertenecerle, ahora, y por los siglos de los siglos. Amén.
[Traducción del original francés e inglés realizada por Jesús Colina
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

19 DE MARZO: SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

En san José de Ares celebraremos a nuestro Patrono el uno de mayo, como viene siendo tradicional desde hace bastantes años.

miércoles, 18 de marzo de 2009

EL PAPA EN ÁFRICA. DÍA SEGUNDO

DISCURSO DEL PAPA A LOS OBISPOS DE CAMERÚN, HOY MIÉRCOLES




 (Fotos, Radio Vaticano)

Claves para ser una Iglesia misionera

YAUNDÉ, miércoles, 18 marzo 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI en la mañana de este miércoles durante el encuentro que mantuvo con los obispo de Camerún en la Iglesia Cristo Rey de Tsinga, en Yaundé.



Señor cardenal,
queridos hermanos en el Episcopado:
Es una gran alegría para mí este encuentro con los pastores de la Iglesia católica en Camerún. Agradezco al presidente de vuestra Conferencia Episcopal, monseñor Simon-Victor Tonyé Bakot, arzobispo de Yaundé, las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Es la tercera vez que vuestro país acoge al Sucesor de Pedro y, como sabéis, el motivo de mi viaje es ante todo tener una ocasión para encontrarme con los pueblos del querido continente africano, y también para entregar a los presidentes de las conferencias episcopales el Instrumentum laboris de la Segunda Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para África. Esta mañana, por medio de vosotros, quisiera saludar afectuosamente a todos los fieles encomendados a vuestros cuidados pastorales. Que la gracia y la paz del Señor Jesús sea con todos vosotros, con todas las familias de vuestro grande y hermoso País, con los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y cuantos están comprometidos con vosotros en el anuncio del Evangelio.
En este año dedicado a san Pablo, es particularmente oportuno recordar la necesidad urgente de anunciar el Evangelio a todos. Este mandato, que la Iglesia ha recibido de Cristo, sigue siendo una prioridad, porque todavía hay muchas personas aguardando el mensaje de esperanza y de amor que les permita "entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Rm 8,21). Con vosotros, pues, queridos Hermanos, también vuestras comunidades están llamadas a dar testimonio del Evangelio. El Concilio Vaticano II recordó con énfasis que "la actividad misionera dimana íntimamente de la naturaleza misma de la Iglesia" (Ad gentes, n. 6). Para guiar y alentar al Pueblo de Dios en esta tarea, los pastores, ante todo, deben ser ellos mismos predicadores de la fe para llevar a Cristo nuevos discípulos. Anunciar el Evangelio es propio del obispo, quien, como san Pablo, puede decir también: "El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!" (1 Co 9,16). Los fieles necesitan la palabra de su obispo, que es el catequista por excelencia, para confirmar y purificar su fe.
Para cumplir esta misión de evangelización y responder a los numerosos desafíos de la vida del mundo de hoy, es indispensable, más allá de las reuniones institucionales, en sí mismas necesarias, una profunda comunión que una a los pastores de la Iglesia entre sí. La calidad de los trabajos de vuestra Conferencia Episcopal, que reflejan la vida de la Iglesia y la sociedad en Camerún, os permiten buscar juntos respuestas a los múltiples retos que la Iglesia debe afrontar, ofreciendo directrices comunes mediante vuestras cartas pastorales para ayudar a los fieles en su vida eclesial y social. La honda conciencia de la dimensión colegial de vuestro ministerio os debe impulsar a realizar entre vosotros diversos gestos de hermandad sacramental, que van desde la acogida y estima mutua hasta las diferentes iniciativas de caridad y colaboración concreta (cf. Pastores gregis, n. 59). Una cooperación efectiva entre las diócesis, particularmente para una mejor distribución de los sacerdotes en vuestro país, favorecerá las relaciones de solidaridad fraterna con las Iglesias diocesanas más necesitadas, de modo que el anuncio del Evangelio no se resienta por la falta de ministros. Esta solidaridad apostólica ha de extenderse con generosidad a las necesidades de otras Iglesias particulares, especialmente de las de vuestro continente. Así se mostrará claramente que vuestras comunidades cristianas, a ejemplo de las que os han traído el mensaje del Evangelio, son también una Iglesia misionera.
Queridos hermanos en el episcopado, el obispo y sus sacerdotes están llamados a mantener estrechas relaciones de comunión, fundadas en su especial participación en el único sacerdocio de Cristo, aunque en grado diferente. También es de capital importancia una relación de calidad con los sacerdotes, que son vuestros principales e irrenunciables colaboradores. Al ver en su obispo un padre y un hermano que los ama, los escucha y conforta en las pruebas, que presta una atención especial a su bienestar humano y material, se verán alentados a hacerse cargo plenamente de su ministerio de manera digna y eficaz. El ejemplo y la palabra de su obispo es para ellos una valiosa ayuda para dar un espacio central en su ministerio a su vida espiritual y sacramental, animándoles a vivir y descubrir cada vez más profundamente que lo específico del pastor es ser ante todo una persona de oración, y que la vida espiritual y sacramental es una riqueza extraordinaria, que se nos da para nosotros mismos y para el bien del pueblo que se nos ha encomendado. Os invito, en fin, a poner una atención especial a la fidelidad de los sacerdotes y personas consagradas a los compromisos contraídos con su ordenación o entrada en la vida religiosa, para que perseveren en su vocación, con vistas a una mayor santidad de la Iglesia y la gloria de Dios. La autenticidad de su testimonio exige que no haya diferencia alguna entre lo que enseñan y lo que viven cotidianamente.
En vuestras diócesis, muchos jóvenes se presentan como candidatos al sacerdocio. Hemos de dar gracias al Señor por ello. Lo esencial es que se haga un discernimiento serio. Para eso, os animo, no obstante las dificultades organizativas en el plano pastoral que pudieran surgir, a dar prioridad a la selección y preparación de formadores y directores espirituales. Éstos han de tener un conocimiento personal y profundo de los candidatos al sacerdocio y ser capaces de asegurar una formación humana, espiritual y pastoral sólida, que haga de ellos hombres maduros y equilibrados, bien preparados para la vida sacerdotal. Vuestro constante apoyo fraterno ayudará a los formadores a desempeñar su tarea con amor por la Iglesia y su misión.
Desde los orígenes de la fe cristiana en Camerún, los religiosos y religiosas han dado una contribución fundamental a la vida de la Iglesia. Doy gracias a Dios con vosotros y me alegro del desarrollo de la vida consagrada entre los hijos e hijas de vuestro país, que ha permitido también manifestar los carismas propios de África en las comunidades nacidas en vuestro país. En efecto, la profesión de los consejos evangélicos es como "un signo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a realizar con decisión las tareas de su vocación cristiana" (Lumen gentium, 44).
En vuestro ministerio de anunciar el Evangelio os ayudan también otros agentes de pastoral, especialmente los catequistas. En la evangelización de vuestro país han tenido y desempeñan todavía un papel determinante. Les agradezco su generosidad y fidelidad en el servicio a la Iglesia. Por medio de ellos se lleva a cabo una auténtica enculturación de la fe. Por tanto, su formación humana, espiritual y doctrinal es esencial. El apoyo material, moral y espiritual que los pastores les ofrecen para cumplir su misión en buenas condiciones de vida y de trabajo, es también para ellos una expresión del reconocimiento por parte de la Iglesia de la importancia de su compromiso en el anuncio y el desarrollo de la fe.
Entre los muchos retos que encontráis en vuestra responsabilidad como pastores, os preocupa particularmente la situación de la familia. Las dificultades, debidas de manera especial al impacto de la modernidad y la secularización en la sociedad tradicional, os impulsan a preservar con determinación los valores fundamentales de la familia africana, haciendo de su evangelización de manera profunda una de las principales prioridades. Al promover la pastoral familiar, os comprometéis a favorecer una mejor comprensión de la naturaleza, la dignidad y el papel del matrimonio, que supone un amor indisoluble y estable.
La liturgia ocupa un lugar importante en la expresión de la fe de vuestras comunidades. Por lo general, estas celebraciones eclesiales son festivas y alegres, manifestando el fervor de los fieles, felices de estar juntos, como Iglesia, para alabar al Señor. Es esencial, por tanto, que la alegría demostrada no sea un obstáculo, sino un medio, para entrar en diálogo y comunión con Dios a través de una verdadera interiorización de las estructuras y las palabras que componen la liturgia, con el fin de que ésta refleje realmente lo que sucede en el corazón de los creyentes, en una unión real con todos los participantes. Un signo elocuente de ello es la dignidad de las celebraciones, sobre todo cuando tienen lugar con gran afluencia de participantes.
El desarrollo de las sectas y movimientos esotéricos, así como la creciente influencia de una religiosidad supersticiosa y del relativismo, son una invitación apremiante a dar un renovado impulso a la formación de jóvenes y adultos, especialmente en el ámbito universitario e intelectual. A este respecto, quisiera felicitar y alentar los esfuerzos del Instituto Católico de Yaundé, y de todas las instituciones eclesiásticas cuya misión es hacer accesible y comprensible a todos la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Me alegra saber que son cada vez más en vuestro País los fieles comprometidos en la vida de la Iglesia y la sociedad. Las numerosas asociaciones de laicos que florecen en vuestras diócesis, son signo de la acción del Espíritu en el corazón de los fieles y contribuyen a un renovado anuncio del Evangelio. Me complace destacar y alentar la participación activa de las asociaciones femeninas en diferentes sectores de la misión de la Iglesia, demostrando así una toma de conciencia real de la dignidad de la mujer y de su vocación específica en la comunidad eclesial y en la sociedad. Doy gracias a Dios por la voluntad que muestran los laicos en vuestras comunidades de contribuir al futuro de la Iglesia y al anuncio del Evangelio. Por los sacramentos de la iniciación cristiana y los dones del Espíritu Santo, tienen la capacidad y el compromiso de anunciar el Evangelio, sirviendo a la persona y a la sociedad. Os animo encarecidamente a perseverar en vuestros esfuerzos por ofrecerles una sólida formación cristiana que les permita "desarrollar plenamente su papel de animación cristiana del orden temporal (político, cultural, económico, social), que es compromiso característico de la vocación secular del laicado" (Ecclesia in Africa, n. 75).
En el contexto de la globalización que bien conocemos, la Iglesia tiene un interés particular por los más necesitados. La misión del obispo le lleva a ser el principal defensor de los derechos de los pobres, a favorecer y promover el ejercicio de la caridad, que es una manifestación del amor del Señor por los pequeños. De esta manera, se ayuda a los fieles a comprender concretamente que la Iglesia es una verdadera familia de Dios, reunida en amor fraterno, lo cual excluye todo tipo de etnocentrismo y particularismo excesivo, y contribuye a la reconciliación y la colaboración entre los grupos étnicos para el bien de todos. Por otra parte, la Iglesia, mediante su doctrina social, quiere despertar la esperanza en el corazón de los excluidos. Y es también un deber de los cristianos, especialmente de los laicos que tienen responsabilidades sociales, económicas o políticas, dejarse guiar por la doctrina social de la Iglesia, con el fin de contribuir a la construcción de un mundo más justo, en el que todos puedan vivir dignamente.
Señor cardenal, queridos hermanos en el episcopado, al término de nuestro encuentro, quisiera manifestar una vez más mi alegría por estar en vuestro País y encontrar al pueblo camerunés. Os agradezco vuestra calurosa bienvenida, signo de la generosa hospitalidad africana. Que la Virgen María, Nuestra Señora de África, vele por todas vuestras comunidades diocesanas. A Ella confío a todo el pueblo de Camerún, y os imparto de corazón una afectuosa Bendición Apostólica, que hago extensiva a los sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y a todos los fieles de vuestras diócesis.


[© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

LLEGADA DEL PAPA A ÁFRICA

ARTÍCULO DE D. JOSÉ FERNÁNDEZ LAGO EN "EL CORREO GALLEGO"




Sacerdotes servidores
18.03.2009

JOSÉ FERNÁNDEZ LAGO CANÓNIGO LECTORAL

Así debería haber sido siempre. Ningún ser humano puede exigir a nadie una dedicación sobrehumana, pero el Señor, que nos ha llamado para ser sacerdotes, sí que lo requiere: a la medida de Cristo, que no vino al mundo para ser servido, sino para servir y dar la vida por la salvación eterna de los hombres.
Pero es muy fácil acoger adherencias propias de una y otra época. Quizás en otros tiempos, el hecho de que el sacerdote fuera un hombre "estudiado" moviera a algunos a rodearse de otras personas de una categoría semejante a la que él lograba por sus conocimientos. Sin embargo no era eso lo que debía ser. Y de hecho no han faltado nunca sacerdotes que han servido a los más humildes, y que se han hecho pobres con los pobres.
Que lo digan si no tantas personas que han heredado la enfermedad y la pobreza de sus padres. ¿A quién han acudido? ¿Quién les ha ofrecido calladamente la ayuda que necesitaban para seguir viviendo? Hoy existe en el mundo en que vivimos una sensibilidad que hace que las administraciones de los países se ocupen de la formación y de la ayuda social, especialmente en casos de necesidad. Sin embargo en otros tiempos había siempre huecos, que había de cubrir el sacerdote.
En la actualidad existen también lagunas que llenar. Por ello, un sacerdote entregado a servir a sus semejantes sigue teniendo sentido.
Habrá de ocuparse de algo a lo que la sociedad actual no es tan sensible. El sacerdote ha de ser testigo de otras realidades no tan fácilmente perceptibles como las terrenas. Habrá de ayudar al hermano a captar, más allá del cuerpo, ese espíritu que anima a toda persona; habrá de sensibilizar a los creyentes para que sepan que no hay amor a Dios si no hay amor al hombre, en especial al más necesitado; y habrá de testimoniar ante los no creyentes ese amor que ha sido característica fundamental de la vida de Cristo; y habrá de ser testigo para unos y otros de la esperanza en otra vida que el Señor ha establecido para nosotros, y hacia la cual hemos de caminar, con un corazón sensible y sacrificado por los hermanos.
Los sacerdotes se preparan en los seminarios, y San José, que educó junto con su esposa a Jesús, es el patrono de esos Centros de Formación.
En este año en que celebramos el bimilenario del nacimiento de San Pablo, la Iglesia exhorta a los seminaristas a sentirse "apóstoles por la gracia de Dios", y a integrar en sus vidas tal identificación con Cristo que les mueva a decir como el apóstol de los gentiles: "Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí".
Así pues, en el día del Seminario de este año, el seminarista ha de familiarizarse más que nunca con San Pablo para servir a los hombres la ayuda material que precisen, pero sobre todo el sentido de una vida que habla de fe, esperanza y caridad.
En correspondencia, toda la comunidad cristiana deberá pedir al Señor que nos envíe sacerdotes que sean servidores del pueblo, para ofrecer, junto al servicio material, el servicio de la palabra y de los sacramentos de la vida, como preparación para alcanzar esa vida celestial, que el Señor nos ofrece.

DISCURSO DE BENEDICTO XVI AL LLEGAR A CAMERÚN, AYER MARTES




(FOTOGRAFÍAS, RADIO VATICANO)

[En francés]
Señor presidente
señoras y señores que representáis a las autoridades civiles,
señor cardenal,
queridos hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

Os doy las gracias por vuestra acogida. Y le doy las gracias a usted, señor presidente, por las amables palabras que me acaba de dirigir. Aprecio profundamente la invitación que se me ha hecho para venir aquí, a Camerún, y quiero expresarle en primer lugar mi gratitud, así como al presidente de la conferencia episcopal nacional, monseñor Tonyé Bakot. Os saludo a todos los que me honráis con vuestra presencia en esta ocasión, y deseo asegurar que me siento feliz de encontrarme aquí, con vosotros, en la tierra de África, por primera vez desde mi elección a la Sede de Pedro.
Saludo cordialmente a mis hermanos en el episcopado, así como a los sacerdotes y laicos que están aquí reunidos. Dirijo mi saludo respetuoso también a los representantes del gobierno, a las autoridades civiles, y a los miembros del Cuerpo Diplomático. Mientras vuestro país, al igual que muchos otros en África, se prepara para celebrar el quincuagésimo aniversario de su independencia, quiero unir mi voz al coro de felicitaciones y de buenos deseos que os presentarán vuestros amigos de todo el mundo en esta feliz circunstancia. En esta asamblea, saludo también con reconocimiento a los miembros de otras confesiones cristianas y a los fieles de otras religiones. Al uniros hoy a nosotros, ofrecéis un signo elocuente de la buena voluntad y de la armonía que existen en este país entre las personas que pertenecen a las diferentes tradiciones religiosas.
Vengo entre vosotros como un pastor, vengo para confirmar a mis hermanos y hermanas en la fe. Es la misión que Cristo confió a Pedro en la Última Cena, y es la misión de los sucesores de Pedro. Cuando Pedro predicaba a las muchedumbres venidas a Jerusalén en Pentecostés, había entre ellos peregrinos procedentes de África. Y, en los primeros siglos del cristianismo, el testimonio de numerosos grandes santos de este continente --san Cipriano, santa Mónica, san Agustín, san Atanasio, por nombrar a unos pocos-- muestra el lugar destacado de África en los anales de la historia de la Iglesia. Desde entonces y hasta nuestros días, innumerables misioneros y numerosos mártires han seguido dando testimonio de Cristo en toda África, y hoy la Iglesia es bendecida por la presencia de unos 150 millones de miembros. Por tanto, ¿cómo no podía venir el sucesor de Pedro a África para celebrar junto a vosotros la fe en Cristo, que da la vida; fe que apoya y alimenta a tantos hijos e hijas de este gran continente?
[En inglés]
Aquí, en Yaundé, en 1995, mi venerable predecesor, Juan Pablo II, promulgó la exhortación apostólica postsinodal "Ecclesia in Africa", fruto de la primera asamblea especial del Sínodo de los Obispos para África, celebrada en Roma el año anterior. De hecho, el décimo aniversario de aquel momento histórico fue recordado con gran solemnidad en esta misma ciudad no hace mucho tiempo. He venido aquí para publicar el "Instrumentum Laboris" de la segunda asamblea especial, que tendrá lugar en Roma el próximo mes de octubre. Los padres sinodales reflexionarán juntos sobre el tema: "La Iglesia en África, al servicio de la reconciliación, de la justicia y la paz. 'Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo' (Mt 5, 13,14)". Después de casi diez años del nuevo milenio, este momento de gracia es un llamamiento a todos los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos del continente a entregarse nuevamente a la misión de la Iglesia de llevar esperanza a los corazones del pueblo de África, y de este modo también a los pueblos de todo el mundo.
También en medio de las más grandes dificultades, el mensaje cristiano trae siempre consigo esperanza. La vida de santa Josefina Bakhita ofrece un espléndido ejemplo de la transformación que el encuentro con el Dios vivo puede provocar en una situación de gran sufrimiento e injusticia. Ante el dolor y la violencia, la pobreza, el hambre, la corrupción o el abuso del poder, un cristiano nunca puede quedarse en silencio. El mensaje salvífico del Evangelio exige ser proclamado con fuerza y claridad, de manera que la luz de Cristo pueda brillar en la oscuridad de la vida de las personas. Aquí, en África, al igual que en otras muchas partes del mundo, innumerables hombres y mujeres anhelan escuchar una palabra de esperanza y consuelo. Conflictos locales dejan miles de personas sin casa y desprotegidas, huérfanos y viudas. En un continente que, en el pasado, ha visto cómo muchos de sus habitantes eran cruelmente raptados y llevados a ultramar para trabajar como esclavos, el tráfico de seres humanos, especialmente de mujeres y niños inermes, se ha convertido en una moderna forma de esclavitud. En un momento de global escasez de comida, de confusión financiera, de cambios climáticos, África sufre de manera desproporcionada: un número creciente de sus habitantes acaba convirtiéndose en presa del hambre, de la pobreza, de la enfermedad. Gritan reconciliación, justicia, y paz, y esto es precisamente lo que la Iglesia les ofrece. No ofrece nuevas formas de opresión económica o política, sino la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Cf. Romanos 8,21). No impone modelos culturales que ignoran el derecho a la vida de los que todavía no han nacido, sino el agua pura salvífica del Evangelio de la vida. No promueve las rivalidades interétnicas, sino la rectitud, la paz y la alegría del Reino de Dios, descrito de manera sumamente apropiada por el Papa Pablo VI con estas palabras: "civilización del amor" (Cf. Mensaje para el Regina caeli, Pentecostés 1970).
[En francés]
Aquí, en Camerún, donde más de una cuarta parte de la población es católica, la Iglesia puede continuar con su misión de promoción del consuelo y la reconciliación. En el centro Cardenal Léger, podré observar personalmente la solicitud pastoral de esta Iglesia local por las personas enfermas y que sufren; y es particularmente digno de encomio el que los enfermos de sida en este país sean curados gratuitamente. El compromiso educativo es otro elemento-clave del ministerio de la Iglesia, y ahora vemos que los esfuerzos de generaciones de maestros misioneros dan su fruto en la obra de la Universidad Católica de África Central, un signo de gran esperanza para el futuro de la región.
Camerún es efectivamente tierra de esperanza para muchos en África Central. Miles de refugiados de los países de la región devastados por la guerra han sido acogidos aquí. Es una tierra de vida, con un gobierno que habla claramente en defensa de los derechos de los no nacidos. Es una tierra de paz: resolviendo a través del diálogo el contencioso sobre la península de Bakassi, Camerún y Nigeria han demostrado al mundo que una paciente diplomacia puede traer frutos. Es una tierra de jóvenes, bendita por una población llena de vitalidad e impaciente por construir un mundo más justo y pacífico. Justamente Camerún es descrito como un "África en miniatura", patria de más de doscientos grupos étnicos diferentes que viven en armonía los unos con los otros. Estas son otras tantas razones para alabar y dar gracias a Dios.
Al venir hoy entre vosotros, rezo para que la Iglesia, aquí y en toda África, pueda seguir creciendo en santidad, en el servicio a la reconciliación, a la justicia y la paz. Rezo para que el trabajo de la segunda asamblea especial del Sínodo de los Obispos pueda avivar la llama de los dones que el Espíritu ha derramado sobre la Iglesia en África. Rezo por cada uno de vosotros, por vuestras familias, y vuestros seres queridos, y os pido que os unáis conmigo en la oración por todos los habitantes de este gran continente. ¡Que Dios bendiga a Camerún! ¡Que Dios bendiga África! ¡Gracias!
[Traducción del original inglés y francés realizada por Jesús Colina
© Libreria Editrice Vaticana] (ZENIT)