domingo, 14 de septiembre de 2008

HOJA PARROQUIAL DEL 15 AL 21 DE SEPTIEMBRE




DISCURSO DE BENEDICTO XVI EN LA PROCESIÓN DE LAS ANTORCHAS, EN LOURDES, AYER SÁBADO


Querido Monseñor Perrier, Obispo de Tarbes y Lourdes,
Queridos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio,
Queridos peregrinos, queridos hermanos y hermanas
Hace ciento cincuenta años, el 11 de febrero de 1858, en el lugar llamado la gruta de Massabielle, apartada del pueblo, una simple muchacha de Lourdes, Bernadette Soubirous, vio una luz y, en la luz, una mujer joven “hermosa, la más hermosa”. La mujer le habló con dulzura y bondad, respeto y confianza: “Me hablaba de Usted (narra Bernadette)... ¿Querrá Usted venir aquí durante quince días? (le pregunta la Señora)... Me miró como una persona que habla a otra persona”. En la conversación, en el diálogo impregnado de delicadeza, la Señora le encarga transmitir algunos mensajes muy simples sobre la oración, la penitencia y la conversión. No es de extrañar que María fuera hermosa, porque, en las apariciones del 25 de marzo de 1858, ella misma revela su nombre de este modo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. 
Contemplemos también nosotros a esta Mujer vestida de sol de la que nos habla la Escritura (cf. Ap 12,1). La Santísima Virgen María, la Mujer gloriosa del Apocalipsis, lleva sobre su cabeza una corona de doce estrellas que representan las doce tribus de Israel, todo el pueblo de Dios, toda la comunión de los santos, y a sus pies la Luna, imagen de la muerte y la mortalidad. María ha dejado atrás la muerte, está completamente revestida de vida, la vida de su Hijo, Cristo resucitado. Así es signo de la victoria del amor, de la bondad y de Dios, dando a nuestro mundo la esperanza que necesita. Volvamos esta noche la mirada hacia María, tan gloriosa y tan humana, dejándola que nos lleve a Dios que es el vencedor.
Muchos fueron testigos: el encuentro con el rostro luminoso de Bernadette conmovía los corazones y las miradas. Tanto durante las apariciones mismas como cuando las contaba, su rostro era radiante. Bernadette estaba transida ya por la luz de Massabielle. La vida cotidiana de la familia Soubirous estaba hecha de dolor y miseria, de enfermedad e incomprensión, de rechazo y pobreza. Aunque no faltara amor y calor en el trato familiar, era difícil vivir en aquella especie de mazmorra. Sin embargo, las sombras terrenas no impedían que la luz del cielo brillara. “La luz brilla en la tiniebla” (Jn 1, 5).
Lourdes es uno de los lugares que Dios ha elegido para reflejar un destello especial de su belleza, por ello la importancia aquí del símbolo de la luz. Desde la cuarta aparición, Bernadette, al llegar a la gruta, encendía cada mañana una vela bendecida y la tenía en la mano izquierda mientras se aparecía la Virgen. Muy pronto, la gente comenzó a dar a Bernadette una vela para que la pusiera en tierra al fondo de la gruta. Por eso muy pronto, algunos comenzaron a poner velas en este lugar de luz y de paz. La misma Madre de Dios hizo saber que le agradaba este homenaje de miles de antorchas que, desde entonces, mantienen iluminada sin cesar, para su gloria, la roca de la aparición. Desde entonces, ante la gruta, día y noche, verano e invierno, un enramado ardiente brilla rodeado de las oraciones de los peregrinos y enfermos, que expresan sus preocupaciones y necesidades, pero sobre todo su fe y su esperanza. 


Al venir en peregrinación aquí, a Lourdes, queremos entrar, siguiendo a Bernadette, en esta extraordinaria cercanía entre el cielo y la tierra que nunca ha faltado y que se consolida sin cesar. Hay que destacar que, durante las apariciones, Bernadette reza el Rosario bajo la mirada de María, que se une a ella en el momento de la doxología. Este hecho confirma en realidad el carácter profundamente teocéntrico de la oración del Rosario. Cuando rezamos el Rosario, María nos ofrece su corazón y su mirada para contemplar la vida de su Hijo, Jesucristo. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II vino aquí, a Lourdes, en dos ocasiones. Sabemos cuánto se apoyaba su oración en la intercesión de la Virgen María, tanto en su vida como en su ministerio. Como muchos de sus Predecesores en la sede de Pedro, también él promovió vivamente la oración del Rosario; lo hizo, entre otras, de una forma muy singular, enriqueciendo el Santo Rosario con la meditación de los Misterios Luminosos. Están representados en los nuevos mosaicos de la fachada de la Basílica inaugurados el año pasado. Como con todos los acontecimientos de la vida de Cristo que Ella “conservaba meditándolos en su corazón” (cf. Lc 2,19), María nos hace comprender todas las etapas del ministerio público como parte integrante de la revelación de la gloria de Dios. Lourdes, tierra de luz, sigue siendo una escuela para aprender a rezar el Rosario, que inicia al discípulo de Jesús, bajo la mirada de su Madre, en un diálogo cordial y verdadero con su Maestro. 
Por boca de Bernadette, oímos a la Virgen María que nos pide venir aquí en procesión para orar con fervor y sencillez. La procesión de las antorchas hace presente ante nuestros ojos de carne el misterio de la oración: en la comunión de la Iglesia, que une a los elegidos del cielo y a los peregrinos de la tierra, la luz brota del diálogo entre el hombre y su Señor, y se abre un camino luminoso en la historia humana, incluidos sus momentos más oscuros. Esta procesión es un momento de gran alegría eclesial, pero también de gravedad: las intenciones que presentamos subrayan nuestra profunda comunión con todos los que sufren. Pensamos en las víctimas inocentes que padecen la violencia, la guerra, el terrorismo, la penuria, o que sufren las consecuencias de la injusticia, de las plagas, de las calamidades, del odio y de la opresión, de la violación de su dignidad humana y de sus derechos fundamentales, de su libertad de actuar y de pensar. Pensamos también en quienes tienen arduos problemas familiares o en quienes sufren por el desempleo, la enfermedad, la discapacidad, la soledad o por su situación de inmigrantes. No quiero olvidar a los que sufren a causa del nombre de Cristo y que mueren por Él. 
María nos enseña a orar, a hacer de nuestra plegaria un acto de amor a Dios y de caridad fraterna. Al orar con María, nuestro corazón acoge a los que sufren. ¿Cómo es posible que nuestra vida no se transforme de inmediato? ¿Cómo nuestro ser y nuestra vida entera pueden dejar de convertirse en lugar de hospitalidad para nuestro prójimo? Lourdes es un lugar de luz, porque es un lugar de comunión, esperanza y conversión. 
Al caer la noche, hoy Jesús nos dice: “Tened encendidas vuestras lámparas” (cf. Lc 12,35); la lámpara de la fe, de la oración, de la esperanza y del amor. El gesto de caminar de noche llevando la luz, habla con fuerza a nuestra intimidad más honda, toca nuestro corazón y es más elocuente que cualquier palabra dicha u oída. El gesto resume por sí solo nuestra condición de cristianos en camino: necesitamos la luz y, a la vez, estamos llamados a ser luz. El pecado nos hace ciegos, nos impide proponernos como guía para nuestros hermanos, y nos lleva a desconfiar de ellos para dejarnos guiar. Necesitamos ser iluminados y repetimos la súplica del ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver” (Mc 10, 51). Haz que vea el pecado que me encadena, pero sobre todo, Señor, que vea tu gloria. Sabemos que nuestra oración ya ha sido escuchada y damos gracias porque, como dice San Pablo en su Carta a los Efesios, “Cristo será tu luz” (Ef 5,14), y San Pedro y añade: “[Dios] os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa” (1 P 2,9). 
A nosotros, que no somos la luz, Cristo puede decirnos a partir de ahora: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14), encomendándonos la tarea de hacer brillar la luz de la caridad. Como escribe el Apóstol san Juan: “El que ama a su hermano, permanece en la luz, y no hay nada que lo haga caer” (1 Jn 2,10). Vivir el amor cristiano es al mismo tiempo hacer entrar en el mundo la luz de Dios e indicar su verdadero origen. Así lo dice San León Magno: “En efecto, todo el que vive pía y castamente en la Iglesia, que aspira a las cosas de lo alto y no a las de la tierra (cf. Col 3,2), es en cierto modo como la luz celeste; en cuanto observa él mismo el fulgor de una vida santa, muestra a muchos, como una estrella, el camino hacia Dios” (Sermón III, 5). 
En este santuario de Lourdes al que vuelven sus ojos los cristianos de todo el mundo desde que la Virgen María hizo brillar la esperanza y el amor al dar el primer puesto a los enfermos, los pobres y los pequeños, se nos invita a descubrir la sencillez de nuestra vocación: Basta con amar. 
Mañana, la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz nos hará entrar precisamente en el corazón de este misterio. En esta vigilia, nuestra mirada se dirige hacia el signo de la Nueva Alianza en la que converge toda la vida de Jesús. La Cruz constituye el supremo y perfecto acto de amor de Jesús, que da la vida por sus amigos. “Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el cree en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14-15).
Anunciada ya en los Cantos del Siervo de Dios, la muerte de Jesús es una muerte que se convierte en luz para los pueblos; una muerte que, en relación con la liturgia de expiación, trae la reconciliación, la muerte que marca el fin de la muerte. Desde entonces, la Cruz es signo de esperanza, el estandarte de la victoria de Jesús “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). Toda nuestra vida recibe luz, fuerza y esperanza por la Cruz. Por ella se revela toda la hondura de amor que encierra el designio original del Creador; por ella, todo es sanado y llevado a su plenitud. Por eso la vida en la fe en Cristo muerto y resucitado se convierte en luz. 
Las apariciones estuvieron rodeadas por la luz y Dios ha querido encender en la mirada de Bernadette una llama que ha convertido innumerables corazones. ¿Cuántos vienen aquí para ver, esperando quizás secretamente recibir alguna gracia; después, en el camino de regreso, habiendo hecho una experiencia espiritual de vida auténticamente eclesial, vuelven su mirada a Dios, a los otros y a sí mismos. Les llena una pequeña llama con el nombre de esperanza, compasión, ternura. El encuentro discreto con Bernadette y la Virgen María puede cambiar una vida, pues están presentes en este lugar de Massabielle para llevarnos a Cristo que es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra luz. Que la Virgen María y Santa Bernadette os ayuden a vivir como hijos de la luz para ser testigos cada día en vuestra vida de que Cristo es nuestra luz, nuestra esperanza y nuestra vida.
(RADIO VATICANO)

sábado, 13 de septiembre de 2008

HOMILÍA DE BENEDICTO XVI EN LA MISA DE HOY SÁBADO, EN LA EXPLANADA DE LOS INVÁLIDOS, PARÍS


Señor Cardenal Vingt-Trois,
Señores Cardenales y queridos Hermanos en el Episcopado,
Hermanos y hermanas en Cristo
Jesucristo nos reúne en este maravilloso lugar, en el corazón de París, en un día en que la Iglesia universal celebra la fiesta de San Juan Crisóstomo, uno de sus más grandes doctores que, con su testimonio de vida y su enseñanza, mostró eficazmente a los cristianos el camino a seguir.
Saludo con gozo a todas las Autoridades que me han acogido en esta noble ciudad, especialmente al Cardenal André Vingt-Trois, a quien agradezco las amables palabras que me ha dirigido.
También saludo a los Obispos, Sacerdotes y Diáconos que me acompañan en la celebración del sacrificio de Cristo. Doy las gracias a las personalidades, particularmente al Señor Primer Ministro, que han querido estar presentes aquí esta mañana; les aseguro mi oración ferviente por el cumplimiento de su noble misión de servir a sus conciudadanos.
La primera carta de San Pablo, dirigida a los Corintios, nos hace descubrir, en este año Paulino inaugurado el pasado 28 de junio, hasta qué punto sigue siendo actual el consejo dado por el Apóstol. “No tengáis que ver con la idolatría” (1 Co 10, 14), escribió a una comunidad muy afectada por el paganismo e indecisa entre la adhesión a la novedad del Evangelio y la observancia de las viejas prácticas heredadas de sus antepasados. No tener que ver con los ídolos significaba entonces dejar de honrar a los dioses del Olimpo, dejar de ofrecerles sacrificios cruentos. Huir de los ídolos era seguir las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento, que denunciaban la tendencia del espíritu humano a hacerse falsas representaciones de Dios.
Como dice el Salmo 113 a propósito de las estatuas de los ídolos, éstas no son más que “oro y plata, obra de manos humanas. Tienen boca y no hablan, ojos y no ven, oídos y no oyen, narices y no huelen” (vv. 4-5). Fuera del pueblo de Israel, que había recibido la revelación del Dios único, el mundo antiguo era esclavo del culto a los ídolos. Los errores del paganismo, muy visibles en Corinto, debían ser denunciados porque eran una potente alienación y desviaban al hombre de su verdadero destino. Impedían reconocer que Cristo es el único Salvador, el único que indica al hombre el camino hacia Dios.
Este llamamiento a huir de los ídolos sigue siendo válido también hoy. ¿Acaso nuestro mundo contemporáneo no crea sus propios ídolos? ¿No imita, quizás sin saberlo, a los paganos de la antigüedad, desviando al hombre de su verdadero fin de vivir por siempre con Dios? Ésta es una cuestión que todo hombre honesto consigo mismo se plantea un día u otro. ¿Qué es lo que importa en mi vida? ¿Qué debo poner en primer lugar? La palabra “ídolo” viene del griego y significa “imagen”, “figura”, “representación”, pero también “espectro”, “fantasma”, “vana apariencia”. El ídolo es un señuelo, pues desvía a quien le sirve de la realidad para encadenarlo al reino de la apariencia. Ahora bien, ¿no es ésta una tentación propia de nuestra época, la única sobre la que podemos actuar de forma eficaz? Es la tentación de idolatrar un pasado que ya no existe, olvidando sus carencias, o un futuro que aún no existe, creyendo que el ser humano hará llegar con sus propias fuerzas el reino de la felicidad eterna sobre la tierra. San Pablo dice a los Colosenses que la codicia insaciable es una idolatría (cf. 3,5) y recuerda a su discípulo Timoteo que el amor al dinero es la raíz de todos los males. Por entregarse a ella, precisa, muchos, arrastrados por la codicia “se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos” (1 Tm 6, 10). El dinero, el afán de tener, de poder e incluso de saber, ¿acaso no desvían al hombre de su verdadero fin?
Queridos hermanos y hermanas, la cuestión que plantea la liturgia de este día encuentra su respuesta en la misma liturgia, que hemos heredado de nuestros padres en la fe, y en particular del mismo San Pablo (cf. 1 Co 11,23). Comentando este texto, San Juan Crisóstomo, observa que San Pablo condena severamente la idolatría como una “falta grave”, un “escándalo”, una verdadera “peste” (Homilía 24 sobre la primera carta a los Corintios, 1). E inmediatamente añade que la condena radical de la idolatría no es en modo alguno una condena de la persona del idólatra. Nunca hemos de confundir en nuestros juicios el pecado, que es inaceptable, y el pecador del que no podemos juzgar su estado de conciencia y que, en todo caso, siempre tiene la posibilidad de convertirse y ser perdonado. San Pablo apela a la razón de sus lectores, la razón de todo ser humano, testimonio poderoso de la presencia del Creador en la criatura: “Os hablo como a gente sensata, formaos vuestro juicio sobre lo que digo” (1 Co 10, 15). Dios, del que el Apóstol es un testigo autorizado, nunca pide al hombre que sacrifique su razón. La razón nunca está en contradicción real con la fe. El único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ha creado la razón y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad que la reciba como un don precioso. Lo que desencamina al hombre de esta perspectiva es el culto a los ídolos, y la razón misma puede fabricar ídolos. Pidamos a Dios, pues, que nos ve y nos escucha, que nos ayude a purificarnos de todos nuestros ídolos para acceder a la verdad de nuestro ser, para acceder a la verdad de su ser infinito.
¿Cómo llegar a Dios? ¿Cómo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca en lo más profundo de sí mismo, hasta olvidarse frecuentemente de sí? San Pablo nos invita a usar no solamente nuestra razón, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo. Ahora bien, ¿qué nos dice la fe? El pan que partimos es comunión con el Cuerpo de Cristo; el cáliz de acción de gracias que bendecimos es comunión con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelación que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Apóstoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil años: Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagración del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla más humilde como en las más grandiosas basílicas y catedrales, el Señor resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, según la famosa expresión de San Agustín, “más íntimo en nosotros que nuestra propia intimidad” (cf. Confesiones, III, 6.11).
Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor, el Santísimo Sacramento de la presencia real del Señor en su Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. Démosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede desvaída en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucaristía. Como dijo magistralmente San Juan Crisóstomo: “Consideremos los favores inefables de Dios y todos los bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos, dándole gracias por haber liberado al género humano del error, por haber acercado a él a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados y ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios” (Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1). De hecho, sigue diciendo, “lo que está en la copa es precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo que participamos” (ibíd.). No se trata sólo de participar y compartir, sino que hay “unión”, nos dice.
La Misa es el sacrificio de acción de gracias por excelencia, el que nos permite unir nuestra propia acción de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del Padre. Por sí misma, la Misa nos invita también a huir de los ídolos, porque, como reitera San Pablo, “no podéis participar en dos mesas, la del Señor y la de los malos espíritus” (1 Co 10,21). La Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece al Espíritu de Dios y lo que en nosotros aún permanece a la escucha del espíritu del mal. En la Misa sólo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud –con “acción de gracias”- el clamor del salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,12). Sí, ¿cómo dar gracias al Señor por la vida que me ha dado? La respuesta a la pregunta del salmista está en el mismo Salmo, pues la Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ¿Cómo pagar al Señor todo el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras: “Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre” (Sal 116,13)?
Alzar la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor, ¿no es precisamente la mejor manera de “no tener que ver con la idolatría”, como nos pide San Pablo? Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvación. Celebrar la Eucaristía significa, por tanto, reconocer que sólo Dios puede darnos la felicidad plena, enseñándonos los verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinarán. Dios está presente en el altar, pero también está presente en el altar de nuestro corazón cuando en la comunión le recibimos en el sacramento de la Eucaristía. Sólo Él nos enseña a huir de los ídolos, espejismos del pensamiento.
Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, ¿quién puede alzar la copa de la salvación e invocar el nombre del Señor en nombre de todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello por el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de París y de la región parisina, así como los venidos de toda Francia y de otros países vecinos, permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los jóvenes que se plantean la cuestión de la vocación religiosa o sacerdotal: ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituirá jamás el ministerio de los sacerdotes en el corazón de la Iglesia. Nada suplirá una Misa por la salvación del mundo. Queridos jóvenes o no tan jóvenes que me escucháis, no dejéis sin respuesta la llamada de Cristo. San Juan Crisóstomo, en su Tratado sobre el sacerdocio, puso de manifiesto cómo la respuesta del hombre puede ser lenta en llegar, pero es el ejemplo vivo de la acción de Dios en el corazón de una libertad humana que se deja formar por la gracia.
Finalmente, si retomamos las palabras que Cristo nos ha dejado en su Evangelio, nos damos cuenta de que Él mismo nos ha enseñado a huir de la idolatría y nos invita a construir nuestra casa “sobre roca” (Lc 6,48). ¿Quién es esta roca sino Él mismo? Nuestros pensamientos, palabras y obras sólo adquieren su verdadera dimensión si las referimos al mensaje del Evangelio. “Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca” (Lc 6, 45). Cuando hablamos, ¿buscamos el bien de nuestro interlocutor? Cuando pensamos, ¿tratamos de poner nuestro pensamiento en sintonía con el pensamiento de Dios? Cuando actuamos, ¿intentamos difundir el Amor que nos hace vivir? Como dice una vez más San Juan Crisóstomo: “Si ahora todos participamos del mismo pan, y nos convertimos en la misma sustancia, ¿por qué no mostramos todos la misma caridad? ¿Por qué, por lo mismo, no nos convertimos en un todo único?... Oh hombre, ha sido Cristo quien vino a tu encuentro, a ti que estabas tan lejos de Él, para unirse a ti; y tú, ¿no quieres unirte a tu hermano?” (Homilía 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 2).
La esperanza seguirá siempre la más fuerte. La Iglesia, construida sobre la roca de Cristo, tiene las promesas de vida eterna, no porque sus miembros sean más santos que los demás, sino porque Cristo hizo esta promesa a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18-19). Con la inquebrantable esperanza de la presencia eterna de Dios en cada una de nuestras almas, con la alegría de saber que Cristo está con nosotros hasta el final de los tiempos, con la fuerza que el Espíritu Santo ofrece a todos aquellos y aquellas que se dejan alcanzar por él, queridos cristianos de París y de Francia, os encomiendo a la acción poderosa del Dios de amor que ha muerto por nosotros en la Cruz y ha resucitado victoriosamente la mañana de Pascua. A todos los hombres de buena voluntad que me escuchan les repito las palabras de San Pablo: Huid del culto de los ídolos, no dejéis de hacer el bien.
Que Dios nuestro Padre os acoja y haga brillar sobre vosotros el esplendor de su gloria. Que el Hijo único de Dios, Maestro y Hermano nuestro, os revele la belleza de su rostro resucitado.
Que el Espíritu Santo os colme de sus dones y os dé la alegría de conocer la paz y la luz de la Santísima Trinidad, ahora y por siempre. Amén.
(DE ECCLESIA)

DOMINGO 14 DE SEPTIEMBRE: FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


(De la diócesis de Málaga)

HOJA LITÚRGICA DEL DOMINGO

viernes, 12 de septiembre de 2008

VIAJE DEL PAPA A LOURDES CON MOTIVO DEL 150 ANIVERSARIO DE LAS APARICIONES


  El capellán de lengua española del santuario de Lourdes, nos presenta el sentido del jubileo con motivo del 150 aniversario de las apariciones.



PROGRAMA DETALLADO DE LA PEREGRINACIÓN DEL PAPA A LOURDES

Sábado 13 de septiembre de 2008
18:30 - Llegada del Santo Padre a Lourdes, en helicóptero, al estadio Antoine Béguère. El Papa visita la Iglesia parroquial del Sagrado Corazón y luego el « Calabozo », las dos primeras etapas del Camino del Jubileo. Baja por el bulevar de la Gruta para dirigirse al Santuario. En el Santuario los peregrinos podrán seguir el recorrido del Santo Padre, transmitido en las pantallas.
19:15 - Entrada en el Santuario Nuestra Señora de Lourdes por la puerta de San Miguel y luego, llegada a la Gruta de las Apariciones (3ª etapa del Camino del Jubileo).
20:30 - Procesión mariana de las antorchas en la Explanada de la Basílica Nuestra Señora del Rosario.
21:30 - Desde la terraza sobre la Basílica del Rosario, el Santo Padre asiste a la parte final de la procesión y se dirige a los peregrinos.
Domingo 14 de septiembre de 2008
9:30 - Llegada del Santo Padre a la Pradera del Santuario.
10:00 - 12:15 - Misa de la Exaltación de la Santa Cruz en la Pradera; se celebrará especialmente a la intención de los jóvenes.
17:15 - Reunión del Papa con los Obispos franceses en el Hemiciclo de la Iglesia de Santa Bernardita.
17:30 - Procesión del Santísimo en la Pradera.
18:30 - En la Pradera, el Santo Padre asiste al final de la procesión del Santísimo y reza con los peregrinos antes de dirigirles la palabra y dar la bendición.
Lunes 15 de septiembre de 2008
8:45 - Visita al Oratorio del hospital (4ª etapa del Camino del Jubileo) y momento de recogimiento y de oración en el lugar en el que Bernardita recibió la Primera Comunión. Etapa retransmitida en las pantallas del Santuario.
9:15 -Llegada del Santo Padre a la Basílica Nuestra Señora del Rosario.
9:30 - Misa de la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, especialmente a la intención de los enfermos, hospitalarios y del mundo de la sanidad, en la Explanada de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario. El Santo Padre administrará la unción a los enfermos.
12:30 - Ceremonia de despedida en el aeropuerto de Tarbes-Lourdes-Pyrénées.


ORACIÓN DEL JUBILEO
Dios, Padre nuestro,
entre todas tus criaturas, hiciste surgir a María,
la criatura perfecta, la " Inmaculada Concepción".
En Lourdes, ella misma se dio este nombre
y Bernardita lo repitió.
La Inmaculada Concepción es un grito de esperanza:
el mal, el pecado y la muerte ya no son los vencedores.
María, signo precursor, aurora de la salvación.

María,
la inocencia, refugio de los pecadores,
Te rogamos.

Dios te salve, María…

Señor Jesús,
Tú nos has dado a María como Madre.
Ella compartió tu Pasión y tu Resurrección.
En Lourdes, se mostró a Bernardita,
contristada por nuestros pecados, pero radiante de tu luz.
Por medio de Ella, te presentamos las alegrías y las penas,
las nuestras, las de los enfermos, las de todos los hombres.

María,
hermana y madre nuestra,
nuestra confidente y nuestra ayuda,
Te rogamos.

Dios te salve, María…

Espíritu Santo, Espíritu de amor y de unidad.
En Lourdes, María pidió por medio de Bernardita,
que se construya una capilla y que se venga en procesión.
Inspira a la Iglesia, construida por Cristo sobre la fe de Pedro.
Congrégala en la unidad.
Guía la peregrinación de la Iglesia,
para que sea fiel y decidida.

María, colmada del Espíritu Santo,
la esposa y la esclava.
Modelo de los cristianos y rostro materno de la Iglesia,
Te rogamos.

Dios te salve, María…

Por tantas gracias recibidas aquí,
por todas las conversiones,
por todo el perdón,
por todas las curaciones,
por las vocaciones y las promesas
que has hecho nacer y has confirmado aquí, por la alegría del servicio, que nos haces apreciar,
Nuestra Señora de Lourdes,
te damos gracias.

Con todos los seres humanos, hermanos nuestros,
con los pueblos carentes de paz y de justicia,
con los jóvenes que buscan su camino,
con los que sufren por el luto o la enfermedad,
la discapacidad o el fracaso,
con los que tendrían motivos para desesperar
a Ti que te mostraste toda joven a la joven Bernardita,
Nuestra Señora de Lourdes,
te rogamos.

Porque eres la sonrisa de Dios,
el reflejo de la luz de Cristo,
la morada del Espíritu Santo;
porque escogiste a Bernardita en su miseria,
porque eres la estrella de la mañana, la puerta del cielo,
y la primera criatura resucitada,
Nuestra Señora de Lourdes,
te admiramos,
te aclamamos
y cantamos contigo las maravillas de Dios:

Magnificat !

(Esta oración se compone de seis estrofas. Se pueden utilizar por separado las tres primeras o las tres últimas. Se pueden también utilizar las dos partes en dos momentos distintos.

Después de cada estrofa se puede rezar un Avemaría.)

jueves, 11 de septiembre de 2008

SE ESTÁ TERMINANDO EL PINTADO DE LA IGLESIA DE CERVÁS

  Ya casi está concluido el pintado interior de la iglesia parroquial de san Pedro de Cervás. Se ha terminado con las bóvedas y hornacinas y en estos momentos se está pintando la sacristía. Si no hay novedad el próximo lunes finalizará la labor. En el vídeo siguiente vemos el resultado. (También vemos a Pacucha preparando para la misa).



  En esta foto inferior apreciamos como van quedando las hornacinas, cuyo interior se ha pintado ahora de blanco, para resaltar las imágenes oscuras, pues antes estaban pintadas de un azul-piscina horrendo.